martes, julio 31, 2018

ABRIR CAMINOS

Mientras el amigo I. cocina, hago fotos de su improvisada mesa de trabajo en el jardín, junto a la imponente barbacoa de hechuras galácticas. A la mañana siguiente hago el intento de utilizar una de esas fotos como modelo para una acuarela. Los objetos -la bandeja de salmón, la pata de pulpo, el frasco de cristal que contiene la sal, el pimentero- no me quedan mal; más complicado resulta el fondo, una pared cubierta de hiedra. Para consolarme, pinto a continuación una sencillísima marina y pongo a prueba un recurso del que hasta ahora no me había valido: utilizo el fluido de enmascarar -un producto específico que venden en las tiendas del ramo- para salvar las zonas del cuadro que deben representar con su blancura, que es la del papel, las crestas de las olas, los reflejos solares, etcétera. En realidad, hago un uso prudente de ese truco: sólo me valgo de él en una zona del cuadro, mientras que en las otras confío en mi ojo y en mi pulso para recortar los perfiles que deben quedar sin pintar. Y no quedo descontento con el resultado, aunque sí soy consciente de lo poco que he arriesgado para obtenerlo. Y creo que he aprendido algo, o mejor confirmado algo que ya sabía. Cuando anda uno empeñado en alguna tentativa artística, aunque sea al modestísimo nivel al que llegan mis acuarelas, hay siempre dos actitudes de las que conviene precaverse: la primera, la de apuntar demasiado alto y, por tanto, errar el tiro, como quizá me ha ocurrido a mí esta mañana con el dichoso muro cubierto de hiedra; y la segunda, más sutil pero no por ello menos patente: la de atenerse a un repertorio de trucos ya aprendidos y no aventurarse por el camino que implica asumir riesgos cuya superación, en caso de lograrse, supondrían siempre la adquisición de nuevos recursos y registros y la ampliación del campo de visión. 

La mayoría de los artistas conformistas que conozco -no sólo pintores- siguen este último camino: repiten interminablemente lo aprendido, en la seguridad de que, si el resultado gustó una vez, ha de seguir gustando siempre. Y el caso es que tienen razón, porque también entre el público suele predominar la pereza y la tendencia a recrearse una y otra vez en lo que ya se ha aprendido a apreciar. Hay también, por supuesto, quienes fracasan por adentrarse por caminos que para ellos todavía resultan intransitables. Y están, finalmente, los que me gustan de verdad: los que avanzan a tientas y, milagrosamente, aciertan y abren caminos en alguno de los pasos que dan. (31/7/17)

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