sábado, julio 07, 2018

CAMPANA DE CRISTAL


Se ve que el nublado ha creado confusión. A la hora de la siesta el coro de pájaros suena como al amanecer, e incluso ha cantado el gallo. También yo, bajo el influjo de esa banda sonora desubicada, he tenido un sueño más profundo que otras veces y he despertado bajo la impresión de hallarme al principio de un nuevo día. Y son las cinco y media de la tarde.


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Por la mañana he estado pintando una acuarela en el estudio de J.A.M. Es un privilegio, y no tanto porque mi amigo pintor ejerza de profesor -anda ocupado en lo suyo, un cuadro de gran formato que piensa presentar a un concurso- como porque participa uno, casi sin proponérselo, de ese curioso estado entre la extrema concentración intelectual y la presteza física en el que se resuelve el acto de pintar. Como ciertas modalidades de ejercicio físico -nadar, por ejemplo-, la pintura exige que la mente se ponga enteramente a disposición del resto del cuerpo, y en ese sentido contribuye poderosamente a mantener a raya cualquier pensamiento o idea parasitarios que pudieran interferir. Pero, como ocurre también en la escritura, por ejemplo, la mano sólo puede actuar al dictado de una reflexión previa, y más en la acuarela, donde la posibilidad de corregir o rectificar es mínima: el pintor debe saber en todo momento qué está haciendo, dónde se ubican los claros y blancos que aportarán volumen y luz al conjunto y cómo se gradúan las tonalidades, sabiendo que siempre hay que proceder de lo claro a lo oscuro, de lo ligero a lo denso. Naturalmente, me equivoco una y otra vez y esos errores no hacen sino acrecentar mi conciencia de que me queda mucho aún por afinar en ese proceso de delimitar con precisión, mientras pinto, los respectivos papeles de la mente y la mano. No hay más. 

De vez en cuando, M. se acerca a considerar críticamente lo que llevo hecho. "Añade unas sombras aquí", dice. "Oscurece esto", "Añade aquí unos reflejos". No son tanto instrucciones como intervenciones rápidas de su propia conciencia alerta para suplir despistes ocasionales de la mía, menos entrenada. Me gusta esa posibilidad de interacción entre voluntades, que no creo que se pueda dar de este modo en ningún otro arte: quizá cuando se toca un instrumento musical. Pero, en el caso del ejecutante de una partitura ajena, el resultado deberá ajustarse siempre al patrón idealmente fijado en la partitura, mientras que en la pintura puede haber modelos, pero lo que se aspira a plasmar es siempre la imagen mental que ese modelo suscita en el pintor. 

Sea como sea, estas sesiones empiezan a determinar el tono del verano. Nunca cometeré el error de tomarme la pintura con el empeño profesional con el que afronto la escritura. No quiero perder nunca lo que tiene de mera diversión. En lo otro, ay, a veces me olvido de por qué razones me aficioné a ello.

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Me han hecho ya la limpieza de oídos de todos los veranos. Mis primeros baños de mar invariablemente determinan que en un oído o los dos me entre agua y se me forme un tapón de cera, que me mantiene durante varios días bajo la impresión de tener la cabeza metida en una escafandra o un cubo. He llegado a pensar que ese estado de aislamiento transitorio viene dictado por la propia circunstancia vacacional. Llega este momento del año y, para cortar de repente todo contacto con la molesta realidad, meto la cabeza bajo una campana de cristal. Ya vendrán otros a sacarme de ella. (6/7/17)

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