martes, julio 03, 2018

CONVERSACIÓN

Por hablar de algo mientras se prepara la cena, pregunto a mi anfitrión si ha oído una detonación que sonó en la calle a media tarde. Me dice que seguramente fue un disparo de una escopeta de aire comprimido y que el autor debió de ser cierto vecino que se complace en enseñar a su nieto este tipo de habilidades. Ese mismo vecino -me cuenta mi interlocutor, mientras me sirve una copa de vino- fue, al parecer, quien remató hace tres años a la venada herida que, huyendo de sus perseguidores, buscó refugio en las calles del pueblo -en su día ya di cuenta de ese extraño incidente en este cuaderno-. "Nunca he entendido ese tipo de caza", me dice L., ya sentado y paladeando su copa. "En los años del hambre todo el mundo cazaba, pero era por necesidad. Yo mismo ponía perchas para pájaros y lazos para conejos. También me gustaba mucho la caza con hurón" -que él pronuncia aspirando la hache-. "Un animal muy especial el hurón: cuando encuentra algo que no es de su agrado, hace ascos e incluso vomita. Tiene también su genio: los hay cariñosos y sobones como gatos domésticos, y los hay que, al menor gesto que no sea de su agrado, muerden a sus manipuladores. Y no es cosa de broma un mordisco de un hurón". 

La conversación sigue por estos derroteros durante horas, sin decaer; lo que no quiere decir que L. sea prolijo o insistente: más bien, se deja llevar. Si yo le hago alguna observación que implique un cambio de rumbo, acepta con agrado la variación. Así, la mención de los hurones ha llevado a hablar de otros animales curiosos de la fauna local, entre ellos los zorros, lo que me ha dado pie a mencionar la presencia de estos animales en la urbanización en la que me he alojado en mi reciente viaje a Irlanda. A L. no le ha molestado en absoluto este inesperado quiebro. Por el contrario, se ha mostrado de inmediato interesado. De ese modo, la conversación ha ido pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno y sin empujar a ninguno de los interlocutores a parapetarse en su repertorio particular y esforzarse todo el tiempo por imponerlo a los otros. Así, tras la conversación inicial sobre la caza y el inciso irlandés, la llegada de la cena ha impuesto un giro hacia la cocina popular y M.A. ha sacado a colación cierto programa de televisión en el que se explican recetas conservadas en los pueblos, casi todas ellas basadas en los ingredientes más baratos y comunes; lo que ha abierto un nuevo abanico de asuntos que tratar, desde la moderna cultura del despilfarro al rendimiento de una huerta doméstica.

Ni L. ni su mujer, A., tienen estudios, pero sí curiosidad, experiencia de la vida y un aplastante sentido común, amén de otros dones como el buen gusto innato, la sensibilidad hacia las cosas bellas y delicadas y el saber escuchar. Por eso hablar con ellos es siempre un placer. Lo que no es un don frecuente, como pude comprobar apenas veinticuatro horas más tarde y en compañía muy distinta. Son también buenos amigos y nos une una larga y trabajada confianza mutua. Pero hubo quien abrió la conversación contando un aburrido incidente laboral; y, como casi todos somos del mismo gremio, fue difícil salir de esa deriva. Y se me ocurrió que tal vez lo que caracteriza al buen conversador es lo mismo que al verdadero artista: la capacidad de olvidarse de sí mismo para tener los ojos bien abiertos y ver, más allá de las propias narices, la infinita variedad y riqueza del mundo. (2/7/2017)

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