sábado, julio 21, 2018

¿NUEVA POESÍA?

Oigo en la radio una entrevista a uno de esos nuevos poetas que se han dado a conocer en las redes sociales y que, se dice, venden miles de libros entre los jóvenes y son buscados afanosamente por las editoriales que quieren sacar alguna tajada del filón. El entrevistado, por supuesto, no olvida mencionar a algún que otro santón de la poesía, digamos, más ortodoxa: "Como dice el maestro Tal...", "Como me dijo un día Fulano...". Sentido de las jerarquías literarias no le falta, desde luego. Remata la entrevista con la lectura de un poema en el que no se aprecia otro recurso constructivo que la mera reiteración de un mismo pie retórico, al estilo de las letanías, ni ningún atisbo de un mundo imaginativo propio, más allá de un puñado de referencias oportunistas tomadas de esa visión algo simple de la realidad que tienen quienes la conocen a través de los latiguillos que se repiten en las redes sociales. Sin embargo...

Merece la pena pensarse lo que viene después de esos puntos suspensivos. Desde luego, no parece sensato que un escritor de más de cincuenta años, como es mi caso, arrugue demasiado la nariz ante lo que hacen los más jóvenes. La historia de la literatura suele desmentir más pronto que tarde esas apresuradas descalificaciones de lo nuevo. Además, suele ocurrir que, de un coro de poetas tentativos y generalmente mediocres, no tarda en emerger una voz que da en la tecla. De la caterva de poetas andaluces que cultivaron el sentimentalismo posromántico de Heine surgió la voz inconfundible de Gustavo Adolfo Bécquer; en cuya poesía, pese a todo, su contemporáneo Núñez de Arce sólo quiso ver "suspirillos germánicos". También a muchos poetas de mi quinta se les acusó, en sus inicios, de banalidad, en nombre de postulados que tenían ya los días contados. ¿Ocurrirá algo parecido con los poetas de la nueva hornada? Es muy posible. Cuentan, desde luego, con precedentes muy estimables: el personalísimo modo de hacer de Karmelo J. Iribarren, por ejemplo; por más que, a la vista de lo que se lee y oye por ahí, la lección de contención, reticencia e ironía que se desprende de los indiscutibles logros de este autor no ha terminado todavía de calar entre los nuevos vates. 

En general, hay que decir que muy pocos -alguna excepción habrá- se caracterizan precisamente por su sentido de la ironía o el humor, y en ello sí que acusan el signo de unos tiempos marcados por los dogmatismos de la corrección política o los eslóganes simplistas de la "nueva política" sin más. Pero no hay que desesperar de que alguna de estas voces alcance pronto a tener la personalidad suficiente como para diferenciarse del coro del que ha surgido. Lo otro, lo de que vendan o no millares de libros, resulta a la postre irrelevante: también los vende Paolo Coelho y nadie lo confundiría con Schopenhauer. Pero, ya digo, mejor ser prudentes y... esperar. (20/7/2017)

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