domingo, julio 22, 2018

OTRA NECROLÓGICA

En el funeral de... No pongo siquiera, como hago otras veces, las iniciales. Por pudor, quizá. La conocí hace casi treinta años y trabajamos juntos -lo que significaba vernos diariamente y desarrollar una especie de asiduidad en el trato que a veces no se alcanza siquiera con personas más allegadas- a lo largo de dos décadas. En los últimos años andábamos distanciados: la coyuntura laboral propiciaba, si no los enfrentamientos -nunca los tuve con ella-, sí la desconfianza mutua. Pero antes de eso hubo un largo periodo durante el cual lo que percibía de ella era la contagiosa energía que irradiaba. Éramos todos nuevos en el lugar, jóvenes y sin compromisos. A ella le gustaba lo que ahora llamamos fotografía analógica y entonces era fotografía sin más: la consistente en impresionar carretes y luego revelarlos en un cuarto oscuro. Tenía conocimientos de ello y quiso compartirlos con sus nuevos compañeros, y por eso organizó una especie de cursillo no oficial, que impartía por las tardes y era excusa para que, a continuación, tomáramos unas cervezas y alargásemos a veces la velada hasta altas horas de la madrugada. Al día siguiente había que trabajar, pero no importaba, porque a esas edades éramos todos capaces de combinar el trasnoche con los madrugones, e incluso alguna que otra vez podíamos saltarnos lo de en medio, el engorroso trámite de ir a dormir a casa. Creo que fue por entonces cuando descubrí que una persona podía resultar deslumbrante en más de un sentido simplemente cuando tenía ocasión de mostrar el alcance y la valía de las cosas que le entusiasmaban, sin falsas timideces y dejando que se manifestase sin remilgos la pura alegría del quehacer gozoso. 

Era una persona impulsiva y valiente, y eso fue lo que le llevó a asumir responsabilidades que pronto le resultaron onerosas y que, de algún modo, hicieron aflorar otras facetas de su carácter quizá no tan gratas de sobrellevar; lo que, por otra parte, nos pasa a todos: es el fardo que la edad nos va echando encima. Hace ocho años cambié de destino laboral y prácticamente dejé de verla. Por otros supe de la enfermedad que se le declaró hace unos meses. Anteanoche un conocido me comunicaba por whatsapp la triste noticia. Los recuerdos que me vinieron a la mente no fueron, desde luego, los de los años de distanciamiento mutuo, sino los otros, los relacionados con todo aquello que le prestaba el atractivo que yo no podía dejar de reconocerle. En el funeral, escuché con emoción las palabras que dijeron sus allegados, saludé a los conocidos, admiré la entereza de las personas que más sufrían la pérdida... Y he venido aquí a anotarlo, no sin la sensación de que hay cuentas de reconocimiento y afecto que quizá debieran saldarse antes. (21/7/17)

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