domingo, julio 29, 2018

RELECTURAS

Ruidos. Pasan coches por la calle que tienen por costumbre hacer sonar el claxon ante determinadas ventanas a nivel de acera y, en ocasiones, detenerse a efectuar sigilosas transacciones, todo ello a cualquier hora del día o de la noche. Imposibilidad de conciliar el sueño o de mantenerlo el suficiente número de horas. Es la eterna maldición del verano en un entorno que no destaca precisamente por el predominio de los buenos modales o el respeto a las normas elementales de civismo, cuando no a la mera legalidad. Pero cómo actuar contra eso, cuando nadie más parece molesto o alarmado y ni siquiera la policía parece responder a un patrón sociocultural distinto. Resignarse, qué remedio. Y procurar no dejarse llevar, en bien de la propia cordura, por esas extrañas fantasías apocalípticas en las que se recrea la mente desvelada.

***

La chica que intervino en el funeral no se parecía mucho a la difunta, pero sí tenía el mismo gesto: resultado, quizá, de muchas horas de cercanía desde la más tierna infancia. Ella, la difunta, hablaba siempre de una sobrina predilecta, e incluso mostraba fotos, aunque hoy yo no sabría decir si aquella chiquilla de poco más de siete u ocho años es la misma persona que la mujer de treinta y tantos que hizo el otro día el elogio fúnebre de su tía. Los gestos, pienso, no se heredan: se aprenden, y quizá va con ellos la actitud vital que los ha forjado. Aquella dureza gestual de la difunta le enajenó, sin duda, muchos afectos. Nadie va a tenérselo en cuenta ahora, pero, viendo esos mismos gestos en quien más y mejor parece haber acusado su impronta, uno espera... no sé... una especie de tregua en esa dinámica de las relaciones que dicta que determinados temperamentos parecen condenados a mantener una actitud de permanente hosquedad hacia el mundo. Es mi pensamiento piadoso de hoy, Que así sea.  


***

Empiezo la lectura (relectura, en parte) de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke. (28/7/17)

No hay comentarios: