domingo, julio 01, 2018

SUERTE


He vuelto a ver en el café a la muchacha de la playa. Haber sido partícipe de su baño del otro día -un acto estrictamente privado realizado a la vista de todos, como las anotaciones de este cuaderno- no ha hecho sino acentuar el evidente desequilibrio en que consiste la relación entre una persona cuya belleza nos llama la atención -algo que. por otra parte, sucede todos los días- y otra en la que esa persona posiblemente ni siquiera había reparado. Desnudarse ante una multitud anónima es un acto tan íntimo como hacerlo en la soledad de un cuarto de baño; sólo que de esa soledad a la vista de todos participaba la otra tarde un espectador para quien la visión fortuita de la bañista desnuda remitía a un contexto cotidiano -la cafetería de nuestros desayunos de media mañana- donde ese acto es sencillamente inconcebible, o sólo puede concebirse como una indulgencia no confesable de la imaginación. En el animado grupo en el que la chica toma café, constato los evidentes esfuerzos de los miembros masculinos del mismo por resultar simpáticos a su bella acompañante. Me considero más afortunado que ellos: yo no deseaba nada, ni arriesgaba nada, y sin embargo una modesta fantasía casi sin formular me ha sido gratificada: quiero decir, me ha deparado una imagen cuya exacta ubicación en mis impresiones inmediatas ha dado algún vuelo a mi imaginación, en lo que ésta tiene de teatro donde interactúan los deseos. Otros no tendrán tanta suerte. (30/6/17)

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