sábado, julio 14, 2018

¿UN SUEÑO ERÓTICO?


Conversación sobre sexo. Esta amiga me dice que, llegado el caso, pagaría por tenerlo con un profesional. Yo le comento mi sospecha -por fortuna, no puesta a prueba- de que el deseo insatisfecho sólo puede llegar a ser acuciante hasta cierto punto, más allá del cual la curva desciende y el ansia se atenúa e incluso desaparece. No es que me parezca apetecible ese posible estado indiferente del reprimido conforme o el asexuado; pero quizá sea, después de todo, una respuesta lógica del cuerpo y la mente a ciertos estados de carencia. Digo yo.  

***

La aporía moral que parece exponer Sydney (Hard Eight, Sydney, 1996, de Paul Thomas Anderson) reside en la paradoja de que la búsqueda de redención personal -eso en lo que andamos empeñados de un modo u otro todos los adultos, a partir sobre todo de la edad en la que puedes dar por seguro que has apurado al menos la mitad de los años que teóricamente podrías vivir- frecuentemente conduce a la comisión de nuevos errores, de nuevos crímenes. Hacia la mitad de la película nos enteramos de que el amable protagonista, convertido en ángel de la guarda de un joven sin rumbo, tiene efectivamente un gran pecado que purgar, a la vez que constatamos que su voluntarioso empeño lo está conduciendo a un nuevo callejón sin salida. En estos casos el cine -cierto tipo de cine, en fin- admite siempre una solución expeditiva, y a eso se acoge Anderson. Pero el desenlace en realidad no resuelve nada: todos los personajes quedan a merced de sus propias debilidades e inconsistencias, unos -el protegido de Sydney o la muchacha de mala vida con la que se empareja para multiplicar por dos las preocupaciones de su ángel de la guarda- porque parecen abocados a la inadaptación e indefensión perpetuas; y otros, como el propio Sydney o el chantajista de poca monta que finalmente descubre su secreto, porque incluso el logro de haber aprendido a sobrevivir en la moderna jungla capitalista -en este caso, eficazmente representada por el mundo de los casinos y las apuestas en Las Vegas y Reno- no necesariamente conlleva ese otro logro ulterior que supondría hallar al mismo tiempo cierta paz interior, cierta sensación de conciencia tranquila y de respeto de uno mismo. 

Anderson se sitúa en cierto modo en el mismo punto que Scorsese en Taxi Driver: en la posición de espectador privilegiado de un arriesgado empeño de redención personal. Pero el desenlace -el no-desenlace, más bien- de la película del primero parece más ajustado a la naturaleza de ese debate moral que el aparatoso final de la película del segundo. En ese sentido, si no mejor, sí cabe afirmar que la película de Paul Thomas Anderson es más pertinente.


***

La ola de calor finalmente no me quita el sueño, pero lo hace muy superficial y lo puebla de fantasías muy cercanas a los pensamientos desbocados del insomne. En uno de esos sueños casi al filo de la vigilia, siento palpablemente -y luego compruebo que ha sido una mera fantasía- que vuelvo a tener un tapón en el oído como el que motivó mi visita al médico hace apenas unas semanas; y que, después de ciertos borboteos y agitaciones de la zona en cuestión, el propio oído expele la materia que lo bloqueaba, lo que se resuelve en una sensación muy placentera... ¿Un sueño erótico? (14/7/2017)

No hay comentarios: