miércoles, julio 25, 2018

UNA MAÑANA PLÁCIDA


Al final de la mañana de playa, y cuando me dispongo a sacar el coche del apretado aparcamiento improvisado en una explanada entre dunas, me veo de pronto en medio de una enconada discusión entre otros dos conductores que se disputan el hueco que estoy a punto de dejar. El caso es que, en su afán de impedir que el otro ocupe la plaza, entre los dos me impiden salir y ninguno de ellos parece dispuesto a ceder un ápice. Me bajo del coche y le digo a la mujer que viaja en el asiento de copiloto de uno de ellos -el que, para llegar a la plaza, ha tomado el carril a contramano y, por tanto, no parece que sea el que más derecho tiene a ocuparla- que haga el favor de franquearme el paso; y la señora, con gestos desaforados, me replica que por qué se lo tengo que decir a ella, y que no se piensa mover de allí en toda la mañana... Sin perder demasiado la compostura, le digo que, en ese caso, llamaré a la policía para que solucione el problema. Dicho lo cual, y mientras hago el amago de sacar el móvil, el otro coche inicia una tímida retirada y el primero, pese a su amago inicial de ocupar de inmediato el espacio cedido, termina retrocediendo también, dejándome entre ambos un estrecho pasillo por el que consigo escurrirme. No miro atrás: no quiero saber qué curso sigue esa súbita explosión de agresividad que tan inadecuadamente ha rematado lo que hasta ahora había sido una mañana plácida. 


***

El viejo y destartalado bar en el que mis amigos y yo pasábamos tantas horas muertas de nuestros tiempos de estudiantes se ha convertido ahora en un restaurante con ínfulas. Las raciones, muy escasas e historiadas, cuestan entre 12 y 18 euros. Las cervezas, no sé, porque pedimos una segunda ronda que no nos sirvieron, pero que, a juzgar por el precio que figuraba en la cuenta final, sí nos cobraron. La camarera debía de ser prima hermana de la mujer del coche de antes: cuando fui a interrumpir su plácido descanso en el otro extremo de la barra para reclamarle las cervezas que faltaban, se limitó a hacerme el inconfundible gesto con la palma de la mano abierta con el que se invita a los impacientes a esperar. El urinario -no merece otro nombre más refinado- sí sigue siendo el infecto cubículo en el que evacuábamos los excesos de cerveza hace treinta años: está averiado y, para solventar el fallo, una manguera procedente del baño de señoras irriga continuamente el fondo de la placa de pared... No volveremos jamás, desde luego. Y pienso que, después de todo, hay cierta justicia poética en lo que acabamos de constatar: ¿no habrá tenido el paso del tiempo el mismo efecto en nosotros?, ¿no habrá resuelto nuestras pretensiones en una especie de calculado fraude, del que pretendemos que los otros no se den cuenta, mientras las carencias iniciales siguen siendo las mismas? Creíamos haber entrado en un bar y, mira por dónde, lo estábamos haciendo en una metáfora.

***

La novela según Jane Austen: la firme creencia en que, ahondando en lo nimio, se alcanza el mismo nivel de conocimiento de las personas que cuando se las pone en situaciones extremas. Las maquinaciones para hacer que un baile, por ejemplo, termine favoreciendo determinados intereses mezquinos de los maquinadores en cuestión revelan las mismas predisposiciones que las encaminadas a preparar un crimen sangriento o desencadenar cualquier otra catástrofe. La conclusión es evidente: la verdadera función del novelista no es ofrecer a sus lectores una serie de acontecimientos sorprendentes con los que distraerlos o abrumarlos, sino observar atentamente la realidad y encontrar el modo de presentarla para que el lector descubra en ella esas constantes del comportamiento humano en cuyo sentido nunca nos cansaremos de ahondar, en aras del autoconocimiento. En eso, esta excepcionalmente lúcida damita inglesa se adelantó en medio siglo a Flaubert y en uno a Henry James; aunque, puestos a comparar Mansfield Park con La educación sentimental o Retrato de una dama,  no estoy muy seguro de cuál de las tres se llevaría la palma. (24/7/17)

No hay comentarios: