martes, agosto 07, 2018

EXTRAÑO EN LA CIUDAD


"Os invito a lo que estáis tomando y me habláis un poco de la ciudad". Nos ha extrañado la franqueza con la que el desconocido ha hecho su requerimiento, que no acertamos a rechazar, por temor a que parezca que lo que no deseamos es su compañía, y no la extemporánea compensación que nos ofrece por soportarla. "Siéntese", lo animamos, "no hace falta que nos invite a nada, pero sí puede preguntar lo que quiera. ¿De dónde es usted?". Me ha parecido que, si soy yo quien hace la primera pregunta, de alguna manera contribuyo a disipar la posible impresión que el extraño pueda tener de haberse puesto en una situación incómoda. "De Vigo", nos dice, en un acento gallego tan marcado que más bien parece incluir un dejo centroeuropeo. El pelo ralo, de un blanco con reminiscencias pajizas, acentúa esa impresión nuestra de hallarnos ante un turista extranjero. "Mi mujer, mi hija y mi nieta están dando un paseo. Yo he preferido sentarme aquí. Me gusta hablar con la gente de las ciudades que visito. Es mejor que leer una guía". No puedo estar más de acuerdo, desde luego, por más que la situación empieza a causarme cierta incomodidad, que trato de combatir diciéndome que es el tipo de cosas que luego me encanta traer a este cuaderno. El extraño, presa también de su propia timidez violentada, ha optado por la técnica del interrogatorio. "¿Qué os parece Manuel de Falla? ¿La gente de aquí lo conoce? ¿Y Alberti? ¿Es popular todavía? ¿Y qué me dicen de la vida cultural? ¿Y la gente, se muestra interesada por estas cosas? Espero no parecerles un pedante...". Contestamos con parquedad, quizá porque también a nosotros nos preocupa que el extraño se lleve la impresión de haber dado con dos plastas capaces de recitar un artículo de enciclopedia en respuesta a cada una de las cuestiones planteadas. Pero casi. La conversación vira luego hacia aspectos un tanto más comprometidos: la política local, la religiosidad de la gente, etcétera. En algún momento, M.A. me ha presentado al extraño como escritor, lo que me ha expuesto a preguntas como: ¿Es cierto que las editoriales sólo publican los libros de los autores que venden? ¿Es muy difícil publicar un libro?, etcétera. Ni siquiera me hace falta afectar modestia. Le digo la verdad: que soy un escritor sólo conocido localmente y que publico en editoriales pequeñas, donde no esperan grandes milagros de ventas. Aún así, me hace decirle mi apellido, por si tiene ocasión de comprar algún libro mío... En esto miro el reloj y veo que son las dos menos cuarto y recuerdo que nos esperan para almorzar a las dos... Nos levantamos para despedirnos y él aún insiste en pagar nuestras cervezas. Le estrechamos la mano y le deseamos que tenga una buena estancia en Cádiz... Y nos alejamos por una calle adyacente, en silencio, cada uno de los dos enfrascado, al parecer, en enrevesados pensamientos sobre las razones que pueden llevar a un extraño a pegar la hebra con dos desconocidos. Yo debería saberlas: lo hago, a pesar de mi presunta timidez, cada vez que viajo solo. Pero nunca se me había ocurrido ofrecerme a pagar las consumiciones. O quizá sí lo he hecho y ahora no quiero acordarme. (6/6/17)

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