domingo, agosto 26, 2018

FOTOS


Es una araña enorme, del tamaño de un cangrejo. Ha salido al meter yo una escoba en la basura acumulada en torno a la leña que ha sobrado del invierno y guardamos en el patio. Se ve que ahí, en la pelusilla que se acumula entre los troncos, estaba en lo suyo. Y se alimentaba bien, desde luego. Ahora su paraíso ha sido vulnerado. Al sentir mi intrusión, salió corriendo de entre los troncos y se quedó parada, como haciéndose la muerta, justo ante mis pies. Podría haberla aplastado de un pisotón. Pero no: mientras maniobro para hacerme con el recogedor, con el que pienso atraparla, aprovecha para emprender otra carrera y refugiarse tras el macetón en el que crece el áloe vera, lo que supone un obstáculo no insignificante para mis objetivos: las hojas espinosas de la planta desbordan ampliamente el perímetro de la maceta, por lo que moverla no es fácil. Finalmente, consigo desplazarla lo suficiente como para meter la escoba entre el tiesto y la pared y empujar la araña hasta la pala del recogedor, donde se mantiene acurrucada mientras la llevo en volandas por toda la casa hasta alcanzar la puerta de entrada. Cuando la deposito en el asfalto se la ve desconcertada: ¿qué hago aquí, se preguntará, en medio de esta tierra baldía? El sol golpea con fuerza, así que no me quedo a ver qué hace. Supongo que su instinto la llevará a descolgarse por el muro de alguna de las huertas colindantes: si yo mismo no la he llevado hasta allá, es por no dar la impresión de que vacío mis basuras en las propiedades de mis vecinos. Ahora, ya de vuelta en casa y pensando en la desangelada intemperie en la que ha quedado la criatura, siento remordimientos...

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"Uno de estos niños soy yo", me dice este amigo ya mayor ante una foto escolar de los años cincuenta que ha encontrado en un libro que recopila imágenes antiguas de su pueblo. "Pero no sabría decir quién. No me reconozco". Lo que da ocasión a que dediquemos un buen rato a adivinar cuál de esos niños pelones, muy serios, que no se atreven a chistar bajo la mirada severa del maestro, que posa a la derecha del grupo, es nuestro interlocutor. Finalmente, alcanzamos un grado de certeza casi absoluto: uno de los mocosos tiene el mismo gesto de ausente bondad, mezclado con un cierto aire de curiosidad interrogante, que caracteriza a nuestro amigo. "Éste eres tú, no hay duda", le decimos todos. Y él mira al niño que seguramente fue y parece decirse a sí mismo, sin levantar la voz para no contradecir abiertamente a los demás: "No sé, no sé...".


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En otras fotos el diagnóstico opera por exclusión: "Ésta y ésta otra y ésa de más allá viven todavía", nos dice la mujer de nuestro amigo ante una foto de grupo que muestra a las empleadas de una fábrica de artículos de piel. Lo que quiere decir, entendemos, que todas las demás -todas son jóvenes y la mayoría muy guapas, a pesar incluso de ese factor de envejecimiento que las fotos antiguas y desvaídas añaden a las efigies de los retratados- han muerto ya. 

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