viernes, agosto 10, 2018

HIGOS


Nervios a flor de piel. Oigo ruidos en la calle a una hora no demasiado intempestiva: unos niños que juegan mientras sus padres departen tranquilamente en el porche después de la cena. Nada alarmante. Pero ha venido uno aquí con el propósito de recuperar las horas de sueño perdidas desde que empezó el ruidosísimo verano del sur, con su trasiego de motos, pandillas de borrachos y gente que se llama a gritos desde un extremo al otro de la calle, y traía como una especie de exceso de celo por defender la paz de su entorno inmediato. Y ha bastado la mera sospecha de que los invasores habían llegado hasta aquí para que el pulso se acelere y el ánimo se deje arrastrar al desaliento. Para colmo, a la mañana siguiente me despiertan unos martillazos. Miro el reloj, mientras me dejo llevar por todos los demonios. Pero son ya las nueve y media pasadas y justo es reconocer que es una hora más que prudente para empezar los trabajos del día. Cuando salgo a comprar el pan, constato el motivo de los golpes: el vecino de enfrente está construyendo una especie de soporte para unos depósitos de agua que piensa instalar en su huerta y los martillazos que se oían eran los necesarios para rebajar algún que otro ladrillo... Naturalmente, no digo nada de mis cuitas ni de mi obsesión particular con los ruidos. Me tomaría por un maniático. Y tendría razón.

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Cóctel de lecturas: un delicado libro de poesía, un ensayo de muchas campanillas, una colección de relatos un tanto gamberros... Leo alternadamente de unos y otros y disfruto los tres, mientras me pregunto en qué región del órgano que gobierna el gusto literario se armonizan estos tres platos de sabor tan diferente, y si no le ocurrirá lo que al paladar de los muy exquisitos: que, a fuerza de cultivar el contraste entre sabores extremos, acaban por perderlo del todo.


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Vengo de recoger de casa del vecino una bandeja de higos. Tiene la delicadeza de cubrirlos con una hoja de la propia higuera de la que han sido tomados. Y allá voy con mi tesoro: los frutos del árbol y un aromático recordatorio de su origen, tan necesario para quienes, a fuerza de obtener cuanto necesitan del supermercado, han/hemos olvidado que los dones de la tierra tienen otro origen y que, más que reclamar a cambio su posible valor en dinero, exigen de quienes los gozan un pago muy distinto: algo así como una especie de acatamiento, que en ningún caso rebaja a quien lo practica, sino que más bien lo enaltece. (9/8/17)

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