lunes, agosto 06, 2018

¿UNA JUSTIFICACIÓN?


Tenía curiosidad por ver cómo vendían en el programa que TVE dedica a la historia del cine español la emisión de una película tan poco defendible hoy como No desearás al vecino del quinto. Supuso, recuérdese, la irrupción en el cine tardofranquista del peculiar fenómeno que se conoció como landismo, en atención a la extrema popularidad que alcanzó el actor Alfredo Landa como protagonista de un género de comedia de trazo grueso que explotaba la presunta comicidad de situaciones en las que un español sexualmente reprimido intentaba sacudirse la caspa y hacer lo posible por acostarse con mujeres que parecían responder a comportamientos sexuales más abiertos, normalmente por pertenecer a los sectores más permisivos de la nueva burguesía o encarnar el mito erótico del momento, la turista extranjera, sexualmente emancipada y supuestamente deseosa de tener relaciones sexuales con el inefable macho ibérico...   En ese sentido, la película en cuestión tiene un interés sociológico indudable, por incluir todos los tópicos aparejados a ese tipo de situaciones. Tampoco funciona mal, hay que decirlo, como comedia: en ningún momento deja de aportar diversión al tipo de público al que estaba destinada. 

Otra cosa sería intentar justificarla en función de otros presuntos méritos, y por ello no deja de llamar la atención que, en la presentación de la mencionada emisión televisiva, se incluyera un fragmento de una entrevista con el propio Alfredo Landa en la que éste, años después, comentaba que aquella película de 1970 había sido la primera en la que el cine español mostraba a un personaje abiertamente homosexual, o al que el público toma como tal hasta que se descubre que se trata de una añagaza por la que el personaje en cuestión, que se gana la vida como modista en una ciudad de provincias, intenta pasar ante los susceptibles maridos de sus clientas como alguien sexualmente inofensivo para éstas. 

Hay alguna verdad sociológica, desde luego, en la caracterización que el actor hace de cierto tipo de homosexual de entonces. Pero se equivocaba Landa al atribuir a su película de 1970 la primacía en el tratamiento de ese tipo de personajes: ya en Alta costura, estrenada en 1954 y dirigida por Luis Marquina a partir de una novela de Darío Fernández-Flórez, también el propietario de una afamada casa de modas madrileña era representado como un homosexual entrado en años que había prosperado en su negocio y en cuyo entorno no faltaba -detalle en el que no se atrevía a entrar la timorata película de 1970- el inevitable pupilo que, según requerían los tópicos del momento, se aprovecha de la "debilidad" de su adinerado mentor y vive a su costa. También Camilo José Cela, por cierto, incluía una pareja de ese tipo en el muestrario humano que habitaba La colmena, publicada en Buenos Aires en 1951 y en España cuatro años después.

¿Que conclusión sacar de esta quizá involuntaria omisión por parte de un actor que, años después de haber encarnado al zafio personaje que le dio fama y dinero, tuvo luego ocasión de hacer otro tipo de papeles e incluso de ser vindicado como talento hasta entonces desaprovechado? Nadie le pidió entonces, supongo, que se justificara por sus papeles anteriores, pero quizá la coyuntura exigía que todo el que había tenido antes alguna relevancia pública demostrara haber contribuido de alguna manera a la feliz llegada de las recién estrenadas libertades. Era, quizá, un modo de precaverse contra los temidos vaivenes de la opinión. Tales precauciones, entonces, demostraron ser innecesarias. ¿Seguirían siéndolo hoy? Tengo mis razones para temer que quizá no. 


***

Termino de leer Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke. Y la verdad es que me ha decepcionado. Hay que decir que los fragmentos que en su día despertaron mi curiosidad hacia esta obra, y que eran los que Valverde incluía entre los textos que complementaban su monumental Historia de la literatura universal, no podían haber sido escogidos más astutamente: hacían vislumbrar el tono de un modernísimo diario íntimo cuyo autor permanece atento, no ya a los hechos meramente anecdóticos de su vida cotidiana, sino al efecto de éstos en su conciencia y al campo de indagación en la propia intimidad que abren y al que el diarista se enfrenta con la actitud de quien explora un territorio lleno de sorpresas. Hay mucho de esto en Los cuadernos...; pero, también, hay decenas de páginas en las que el autor pierde el foco y dedica el mismo esfuerzo, minucioso y exhaustivo, a ignotos episodios históricos entresacados de sus lecturas o a detalladas rememoraciones del pasado aristocrático que el infatuado autor quiere atribuir a su alter ego. Se dirá que en Rilke todo eso va junto: la agudeza psicológica y la consiguiente tensión expresiva conviven sin problema con la afectación sin recato y la más descorazonadora prolijidad. Pero quizá en esta obra temprana la mezcla irrita más que en otras. Y si a ello se une, en fin, la muy negligente traducción de Francisco Ayala -y llama la atención que tan reputado prosista firmara un texto tan descuidado-, la decepción del lector es aún más palmaria. ¿Sería otra mi impresión de haberlo leído en otra edición? Es muy posible. Pero no creo que me queden ganas de intentarlo. (5/8/17)

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