lunes, septiembre 24, 2018

EN NINGUNA OTRA PARTE

Participo un año más -¿es el tercero?- en el "concurso de bodegón al aire libre" que convoca, al margen de cualquier apoyo oficial, el barrio de San Antón. Decenas de pintores, algunos muy reconocidos, entre los participantes. Yo me he inscrito en la categoría de aficionados, donde tampoco tengo mucho que hacer, salvo pasarlo lo mejor posible y disfrutar de esa inigualable sensación de ser, aunque sea por unas horas, dueño de un espacio público emancipado de toda servidumbre que no sea este desenfadado modo de celebrar la creatividad y el arte. Al final de la jornada, agotado, ceno en uno de los restaurantes que han patrocinado el evento y que, por tanto, es ahora propietario de uno de los cuadros premiados. Hablamos con la propietaria, que tiene sentimientos encontrados al respecto. El cuadro que le ha tocado en suerte no le gusta, lo que da lugar a una animada discusión con otros patrocinadores, también pequeños empresarios locales, que cenan en el local, y a los qué sí les satisface el cuadro que les ha correspondido... No así el del año pasado, porque... 

Sin querer, me he metido en la discusión, con la que me he cruzado cuando iba a lavarme las manos. No sé qué decir. A mí me ha gustado, en general, el fallo del jurado, porque era la primera vez que venían y estaban libres, al parecer, de las inevitables opiniones preconcebidas de quien ha tratado desde hace años a los pintores locales y no puede sustraerse al peso de las brillantes trayectorias de algunos de ellos. Votaron en conciencia. Y entre los premiados hubo, cómo no, nombres conocidos, pero también muchos que no lo eran tanto, al menos aquí, y que este año han tenido su ocasión. Eso les dije a las no del todo conformes patrocinadoras; sin saber que la discusión estaba ya zanjada de antemano, y que, mientras yo me lavaba las manos, parte de la misma había tenido lugar en mi propia mesa, donde una de mis acompañantes emitió lo que me parece el veredicto definitivo sobre este espinoso asunto: "No es lo mismo patrocinar un premio que comprar un cuadro". Aunque lo verdaderamente asombroso de todo esto es que en este barrio de gente sencilla, la mayoría ajena a toda pretensión de lo que normalmente se entiende como conocimientos o intereses artísticos, la pintura pueda ser la comidilla de la vecindad. Eso no ocurre, que yo sepa, en ninguna otra parte. (24/9/17)

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