lunes, octubre 29, 2018

EL PASADO ABOLIDO



La prensa cuenta simplemente lo que sucede, que es sólo una mínima parte de lo que es. Y hay algo perverso en la idea de que la actualidad se reduce a una galería de fenómenos anómalos, un desfile de monstruos de feria. Lo significativo, a veces, es el carácter pasajero de esas anomalías. Pero el periodista rara vez tiene la paciencia de esperar a levantar acta de esa transitoriedad: cuando el fenómeno en cuestión se desvanece, el cronista está ya pendiente de otra cosa..., y así hasta el infinito. Se siente uno ante una pila de periódicos de hace años -yo lo he hecho, por ejemplo, para documentar mis novelas sobre la Transición- y se da cuenta de que, si los periódicos le dicen algo sobre el tiempo en el que fueron redactados, no es gracias a la percepción que quienes los escribían tenían de los hechos que sucedían entonces, sino por la perspectiva que aportan los años transcurridos, que permite a ese hipotético lector rezagado ver lo que los testigos de esa época no podían ni imaginar. Algo de eso, supongo, acabará ocurriendo con los actuales sucesos en Cataluña: el tiempo revelará sobre ellos aspectos que hoy ni siquiera logramos entrever. Y una cosa es segura: la práctica totalidad de los veredictos más o menos terminantes que se han emitido al respecto en estos días resultarán improcedentes. 

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El cantaor -ha venido a participar en el homenaje a un escritor a quien trató y a cuyos consejos y apoyo debe  algunos pasos significativos de su propia carrera- es un hombre viejo. Viste con el atildamiento de los flamencos de antes, pero la impecable chaqueta azul marino le queda grande, no sé si porque el corte es anticuado y hace ese efecto o porque está cortada sobre las medidas de quien fue corpulento y ya no lo es porque ha encogido con la edad. Se muestra humilde y comedido en los breves comentarios que intercala entre cante y cante y se disculpa de no haber tenido tiempo de ensayar y de tener que improvisar el acople de su voz al toque de la guitarra: son, no hace falta decirlo, disculpas puramente protocolarias, porque guitarrista y cantaor se entienden a las mil maravillas y apenas les basta tantear un compás o dos para avenirse. Estremece la potencia y desgarro de la voz que emana de este anciano, y eso pese a la evidencia de que su repertorio es, valga la paradoja, quizá demasiado... moderno, es decir, hecho de letras y cantes más o menos de aluvión escritos para él en los años 70 u 80. Pero no podía ser de otro modo: la pretensión de ver en este anciano algo así como la reencarnación de un antiguo torrente ancestral está sin duda fuera de lugar. El hombre es lo que es: un producto de su tiempo: y, aún así, lo asombroso es constatar que ese tiempo -que es el de mi infancia: el poeta en cuestión murió cuando yo tenía catorce años- se sitúa ya para muchos en un limbo que se confunde fácilmente en el magma impreciso de lo originario... Y el caso es que nadie es ya lo bastante viejo, ay. Y que el pasado, el verdadero pasado en el que aspiramos a encontrar un mundo todavía sin mancillar, simplemente ha quedado abolido. Desde mediados de los 70 o así todo es presente.

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Huíamos de algo -creo que era una especie de enredo sexual urdido por una prima mía- y corríamos por una estrecha franja de playa que bordeaba unas oscuras construcciones cuya naturaleza no sabría ahora precisar. Era un sueño, del que me sacó el timbre del despertador. Pero hay cosas soñadas que se recuerdan con la intensidad de lo vivido. Y el cansancio y la ansiedad de esa huida todavía me duran. (28/10/17)

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