viernes, octubre 19, 2018

FISIOLOGÍA

La presentadora dijo de él que era un escritor prolijo, incluso muy prolijo... Lo dijo lo menos tres veces. Y lo que quería decir, o al menos lo que se deducía de las razones que justificaban ese calificativo, es que era muy... prolífico. Fue un lapsus linguae, qué duda cabe, que convirtió un elogio dudoso -porque ¿a qué escritor que se precie le gusta que lo tachen de prolífico, cuando lo que se prestigia es todo lo contrario, el estreñimiento crónico de quien se prodiga poco?- en un abierto insulto: "prolijo" equivale a aburrido y pesado. Y el caso es que... 


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Lo que me recuerda a cierta periodista, entonces muy joven, que me entrevistó una vez y puso como título a la entrevista: "Un escritor de ocasión". Cuando le pregunté qué demonios había querido decir me respondió: "Pues eso, un escritor importante, para grandes ocasiones". Inútil explicarle que lo que había dicho en verdad es que mi humilde persona era un escritor... del tres al cuarto; de saldo, por así decirlo. Quién sabe: si a cada cual hay que juzgarlo por el caso que le hacen, o por los lectores que tiene, o por el entusiasmo que suscita en ellos, lo mismo acertó plenamente.


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La doctora debe tener alrededor de treinta años, si no alguno menos. Es delgada y menuda y se ve que todavía le azora un poco ejercer esa clase de autoridad entre deferente y paternal -o maternal, en este caso- de la que gozan los médicos ante el común de los mortales. Ella todavía no. Me pregunta, como creo que es preceptivo en su cuestionario sobre salud laboral, sobre si padezco alguna clase de estrés. Le digo que no, y luego matizo: bueno, lo normal, aquellas cosas que causan ansiedad a todos. Me pregunta qué cosas son esas, y como le hago un somero bosquejo, más genérico que otra cosa, de la asendereada condición del hombre maduro. me da la impresión que se sonroja, como si hubiera provocado en su interlocutor una indeseada confidencia personal. Yo también me siento un tanto avergonzado: la situación ha adquirido el sesgo ridículo de esas escenas de bar en las que un cincuentón intenta ganarse los favores de una veinteañera por la vía de la autocompasión. No era eso, claro: es sólo que a esta chica le faltan todavía habilidades sociales. Mira los papeles que le han puesto en la mesa los distintos enfermeros que me han ido atendiendo, en esta especie de revisión médica en cadena, un poco como la que le hacen al ganado, que nos ha congregado aquí a quince trabajadores de distintas ramas de la administración. Todo bien, me dice. Veo menos del ojo izquierdo que del derecho -quiere decir que la presbicia me ha creado problemas para enfocar adecuadamente con las lentes bifocales el tablero de letras con el que se mide la agudeza visual-, pero la visión de conjunto de los dos ojos compensa la falta; oigo bien, la tensión sanguínea es la adecuada y los dibujitos que muestra la hoja del electro parecen describir un funcionamiento sano de la prestigiada víscera que nos late en el pecho. "Voy a auscultarlo", me dice. Y luego: "Relaje la nuca". Me ha palpado el cuello muy levemente, como buscándome las cosquillas. "Todo bien. Ya le mandaremos a casa los resultados de los análisis de sangre y de orina". Eso ha quedado allí de mí: un par de tubitos llenos de fluido rojo y un frasquito transparente -¿no podrían hacerlos opacos?- en el que reluce la brasa dorada de los dos dedos de orina que, con mucho esfuerzo, he podido extraer a primera hora de mi vejiga. 

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