lunes, octubre 15, 2018

UN DÍA DE PLAYA

Extraño día de playa. O quizá es que no estamos acostumbrados a esta forzada armonía entre la luz del pleno otoño y las temperaturas de julio o agosto. A media mañana no soplaba ni pizca de viento y el mar bajo el cielo plomizo estaba parado y liso: sólo al filo de la orilla se sentía a intervalos regulares el sonido del romper del leve oleaje -apenas la ondulación con la que el mar se amoldaba a la orilla-, pautando un silencio al fondo del cual latía el rumor asordinado de la multitud dispersa. De vez en cuando, desgajadas del silencio, llegaban a nuestros oídos palabras sueltas de las conversaciones que iban manteniendo los paseantes que recorrían la orilla. Una muchacha mencionó sus esperanzas de conseguir una beca. Un hombre airado, entre aspavientos, le decía a su mujer que no pensaba ir a no sé qué sitio. El rumor acompasado de la rompiente ahogaba el resto. También las gaviotas, plantadas en la orilla, se dejaban oír en esos intervalos: una de ellas, a pocos metros de nosotros, levantó el pico y la mirada hacia el cielo y soltó una carcajada reverberante y estruendosa. que luego matizó con lo que pareció una sucesión de maullidos. Un poco más allá, un niño perseguía a otras gaviotas, sin conseguir asustarlas lo suficiente como para que alzaran el vuelo. 

Hacia el final de la mañana un viento suave ha rizado levemente el mar hasta entonces liso como una lámina de acero. Lo hemos considerado un aviso. Hemos levantado el campo y regresado a casa. Las gaviotas han ocupado rápidamente el espacio que ha quedado libre.


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Siempre que veo a un vendedor ambulante de refrescos me acuerdo del que entrevistaron en el diario local pocas semanas antes de la entrada en vigor del euro. "¿Cuánto cobra usted por cada refresco?" "Cien pesetas". "Entonces, el verano que viene va a tener usted que devolver mucho cambio a quien le pague con una moneda de euro". "No, porque lo que haré será cobras las bebidas a euro la unidad". Fue el abusivo ajuste que hicieron la mayor parte de los minoristas: redondear sobre la base de una falsa equiparación entre la moneda de cien pesetas y la de euro, que valía en el momento de su salida 167 pesetas. Fue una estafa generalizada. Que, sin embargo, se aceptó sin apenas queja, tal vez porque eran tiempos boyantes y a nadie le importaba que el café o la caña del mediodía se encarecieran en esa medida. Otra cosa ha sido la crisis: la súbita conciencia, para muchos, de que hay que tomar menos cafés por tal de que queden unos euros para comprar un paquete de pasta o legumbres para aviar el almuerzo.

Pienso en estas cosas mientras veo al vendedor de refrescos empujando su carrito por la playa. Él no tuvo la culpa de ese súbito encarecimiento de su mercancía: simplemente, hizo lo que todo el mundo. Y será por el nublado, pero el caso es que, en el largo intervalo en el que lo tengo a la vista, desde que lo veo aparecer hasta que se esfuma en la distancia, no lo he visto parar ni una sola vez para hacer una venta.

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El nublado acorta las distancias. Y es por eso, porque estamos todos más cerca, por lo que nos sentimos más desnudos. (14/10/17)

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