martes, octubre 02, 2018

UN PASEO OTOÑAL


No es frecuente que yo pasee por el centro de la ciudad un sábado por la tarde, pero el caso es que tengo un par de horas muertas por delante y un libro en la mano y hay una gratísima temperatura de comienzos de otoño, envuelta en una matizada luz que potencia los colores, limpia el aire y da a personas y cosas una prestancia en la que ya están del todo superados los estragos del verano. No hay demasiada gente en la calle, pero la que me cruzo parece empeñada en participar en una especie de coreografía social expresamente ideada para una tarde como ésta: parejas ceremoniosas, muchachas apresuradas vestidas como para una cita, ancianos pausados. Hasta el guardia civil que me ha impedido acortar camino por la verja del muelle exhibía una sonrisa, como si, en vez de ejercer su función en un país normalmente desabrido, interpretara un papel de guardia en un sainete. 

Me he sentado a leer en una plaza. A unos metros de mí, unos niños juegan al fútbol: uno de ellos, el que me parece más rápido y ágil, calza unas chanclas, con las que parece mentira que pueda moverse con esa soltura y chutar con la precisión que lo hace. Los otros lo llaman "Piquito", lo que supongo que es un apodo, en llamativo contraste con los aparatosos nombres bíblicos que lucen los demás: Jonatán, Isaías, etcétera. De la residencia de ancianos de la esquina salen de vez en cuando hombres y mujeres jóvenes o de mediana edad que llevan del brazo a un viejo. Pasan también ante mí parejas jóvenes con niños, hombres y mujeres que pasean perros; también -estamos en Cádiz- un estrambótico trío vestido con ropajes dieciochescos, que parece dirigirse a alguna actuación carnavalesca. 

No me resulta en absoluto complicado registrar estos detalles y, a la vez, enfrascarme en mi lectura. Es un librito breve, de alrededor de cien páginas, que me ventilo en menos de una hora. Luego me levanto y sigo mi paseo. Las plazas cercanas están también muy animadas: de un bar esquinero sale una música estruendosa, coreada por varias decenas de personas que casi cortan la calle. No consigo adivinar el motivo de la celebración: ¿una despedida de soltero? Sí queda claro que se trata de una fiesta privada. He seguido mi paseo hasta el centro de la plaza y, como tenía que escribir unos mensajes en el móvil, me he sentado en los escalones del monumento que hay allí, entre decenas de turistas que hacen lo propio. Yo mismo me siento hoy un poco turista en mi propia ciudad. Al encender la pantalla del teléfono, no obstante, me han saltado a la vista unos pocos titulares alarmantes, sobre los que he querido pasar como sobre ascuas. Hay quien augura grandes desastres, que podrían empezar a ocurrir esta misma tarde, o mañana a lo sumo. Mirando a mi alrededor, me parece imposible que en otros lugares más bien cercanos se esté gestando un conflicto civil de impredecibles consecuencias. Y me acuerdo de haber leído en alguna parte que, para muchos, la tarde de verano que precedió la madrugada del 18 de julio de 1936 fue también una gratísima velada en el mejor de los mundos posibles. Y ya se me ha estropeado el paseo. (1/10/17)

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