martes, noviembre 13, 2018

EN LA MUERTE DE UN CÓMICO


Las libélulas de ayer ya se han ido y la pregunta es: ¿a dónde?


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Ha muerto un conocido cómico y, de inmediato, la prensa y la opinión expresada en las llamadas "redes sociales" lo han ensalzado como si fuera un genio, no ya en lo suyo, sino en términos absolutos, como si no hubiera otros calificativos u otras maneras de expresar el respeto que merece el difunto y dejar simplemente constancia de que era un personaje que en la mayor parte de quienes lo conocían evoca un recuerdo entrañable. Es difícil evitar las hipérboles en las necrológicas, quizá porque su función no es tanto expresar el aprecio que merece el difunto como la exhibición pública de un cierto sentimiento de apropiación de sus posibles virtudes mediante una dudosa exhibición de empatía retrospectiva: de ahí, imagino, los esfuerzos de tanto sesudo intelectual por ensalzar a quien, al fin y al cabo, no practicaba sino un humor elemental, hecho de gesticulaciones y de tics verbales repetidos hasta la saciedad; lo que no significa, en fin, que no fuera efectivo en su contexto. Pero de ahí a considerar que ha muerto poco menos que el equivalente actual de Plauto o un nuevo Groucho Marx va una cierta distancia. Que no sepamos verla dice de nuestra novelería, del poco espacio que concedemos a la justa consideración de nuestras emociones, de nuestra ya incurable superficialidad.

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Escribir un diario íntimo público desde la convicción de que es precisamente el hecho de estar expuesto a la vista de todos lo que mejor preserva su privacidad. (12/11/17)  

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