jueves, noviembre 01, 2018

POR CONTRASTE


La vida de uno es tan monótona y regular -y no me quejo- que cualquier variación inesperada supone un pequeño acontecimiento con trazas de aventura. Hoy, por ejemplo, he decidido tomar el tren de cercanías en vez del autobús. Hacía años que no lo hacía y el resultado ha sido que... me he confundido. Compré mi billete, bajé al andén, esperé unos minutos y me subí al primer tren que se detuvo; que resultó ser, no el de cercanías propiamente dicho, sino el de media distancia, exteriormente idéntico al primero. El revisor, seguramente acostumbrado a este tipo de confusiones, me enfiló enseguida... Ni le hizo falta examinar mi billete. "Ése no es"; tras lo cual me conminó a apearme en la siguiente parada, lo que supuso una inesperada escala en mi trayecto habitual. No me ha importado. El andén en el que tuve que aguardar el siguiente tren se situaba bajo una marquesina abierta a los cuatro costados y con excelentes vistas al paisaje. La espera no se me hizo en absoluto larga. Y cuando llegó mi tren, casi lamenté que no me hubiera dado tiempo a dar un paseo por los alrededores. He llegado por fin al trabajo sin más contratiempos. Pero lo desacostumbrado del trayecto, la poca costumbre de frecuentar el apeadero en el que me he bajado y la necesidad de reajustar mi ruta han supuesto otras tantas novedades. He pensado también en lo que no ha ocurrido pero entraba dentro de lo posible: que el revisor, por ejemplo, hubiera decidido obligarme a pagar la diferencia más un recargo, a modo de multa; que me hubiera indignado y discutido con él, que todo hubiera acabado en un disgusto... La imaginación, en estos casos, se me suele disparar. Pero nada de eso ha sucedido. Y ahora, cuando anoto la incidencia en este cuaderno, se me antoja que todo esto, que ha prestado a mi desplazamiento matinal una novedosa textura, no justifica el esfuerzo de redactar estas líneas, quizá. 


***

Finalmente lo de Cataluña -¿cómo se leerá esto dentro de unos meses?- parece que ha quedado en nada: en un simple revuelo administrativo, más o menos convenientemente adornado con alguna que otra exhibición de sentimientos contrariados y de payasadas varias, entre las que figura, muy destacadamente, la pretensión del mandatario legalmente destituido de presentarse ante la opinión pública europea como presidente de un gobierno en el exilio... Sensación de que, incluso cuando lo que está en juego es la propia convivencia ciudadana, los implicados actúan como lo haría cualquier particular en ese teatro de vanidades que son las redes sociales: haciendo uso de una peligrosa mezcla de exhibicionismo, desfachatez, discurso quejumbroso y absoluta ignorancia del alcance y consecuencias de ese comportamiento ridículo. Y así vamos.


***

Se es conscientemente feliz sólo por contraste. Lo que dice muy poco, no ya del valor intrínseco de la felicidad, que es sin duda un bien muy deseable, sino de nuestra capacidad para reconocerla. (30/1/17)

No hay comentarios: