lunes, noviembre 05, 2018

VIDA DE HOMBRE SOLO

Como M.A. ha ido a Barcelona a pasar unos días con C., hago vida de hombre solo. No sé qué sería de mí en una situación de soledad forzosa y prolongada; y no sólo por razones afectivas, sino también por una especie de necesidad higiénica: la de dedicar parte del tiempo a otra persona para que la dedicación en exclusiva y sin límites al cultivo de las propias querencias no acabe consumiéndolo a uno. Pero estas soledades pautadas que duran poco más que un fin de semana son bienvenidas: lo ponen a uno en situación de representar a un personaje. Y heme aquí haciendo lo que ese personaje inventado haría en su metódica vida de solitario. Me he levantado temprano y con la garganta inflamada -ayer, en mi primera tarde a solas, tomé varias cervezas con dos amigos-; he recibido al leñero y acarreado y apilado la provisión de troncos que éste descargó a la puerta de mi casa; luego me he ido a echar el rato y pintar una acuarela -un bodegón con pimientos- en el estudio de M., hasta la hora de almorzar; de vuelta a casa, me avío un plato de macarrones y veo el informativo de la tele, y luego me descabezo una siestecilla, de la que me despiertan los pitidos del teléfono, que he olvidado desconectar. Salgo luego a tomar un café y a la vuelta me pongo a redactar estas notas, sin saber todavía a ciencia cierta a qué dedicaré el resto de la tarde: quizá a ver películas, o a leer, sin descartar salir de nuevo a tomar cervezas y castigar un poco más mi estragada garganta. Nada especial, como se ve; y, sin embargo, el día tiene esa extraña cualidad de lo desacostumbrado. Y lo más extraño es, quizá, esta sobrevenida obligación de guardar para mí mis pensamientos, de no convertirlos de inmediato en materia de esas curiosas conversaciones sin secretos en las que emplean el tiempo quienes se conocen demasiado bien. 

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Me plantea ayer M.A. la necesidad de que suspendamos cierto compromiso social inminente ante la certeza de que los amigos que en él iban a coincidir sostienen posiciones diametralmente opuestas sobre la cuestión catalana y el choque estaba asegurado. Es la primera vez en mi vida en que una cuestión política interfiere de este modo en mis asuntos personales. Y tengo la certeza de que un difuso pero reconocible límite al que nadie quería llegar ha sido traspasado.

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Este editor me dice que no me acepta el libro que le he ofrecido porque su editorial sólo publica a autores consagrados... Y no creo que lo haya dicho por ofenderme, sino llevado por un ingenuo arranque de vanidad que casi me conmueve, y que es precisamente lo que me impide anotar aquí, a modo de ejemplo, los nombres de algunos de los insignes autores que forman parte de tan escogido catálogo: a no ser que sean curas, no sé de qué otro modo se les podría aplicar la consideración de "consagrados". Pero ya he aprendido a tomarme estas cosas con deportividad. (4/11/17)

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