jueves, diciembre 27, 2018

EFUSIONES


Cometí la temeridad de compartir en Facebook mi "descubrimiento" -que no era tal, sino la simple constatación de mi sorpresa al darme cuenta de que estaba viendo una copia de Qué bello es vivir que incluía escenas que no había visto antes-. Y de inmediato saltó un conocido y me dijo poco menos que estaba desfasado y que ese nuevo montaje de la película con las escenas restituidas lleva ya en el comercio unos años. Y añadía: "Decididamente tienes que actualizar tus métodos de visionado casero". Y tenía razón, porque la verdad es que, si algo caracteriza mi modo de acopiar películas desde que tengo uso de razón, es mi manía de acogerme siempre a los procedimientos más rudimentarios: desde los ficheros de recortes de los que me valía cuando empecé a escribir sobre cine, hace algo más de un cuarto de siglo, a mi colección de cintas de VHS grabadas en las recónditas madrugadas televisivas de las décadas de los 80 y 90, hasta las descacharradas grabaciones que hoy encuentro en internet... Aun así, el justo comentario de mi amigo me cayó como un jarro de agua fría: lo que yo pretendía no era, ay, presumir de estar al tanto de la última versión restaurada disponible en el mercado, sino compartir con mis amistades el asombro y la sorpresa experimentados al reconocer las nuevas escenas y la sensación de felicidad que me embargó de inmediato ante el descubrimiento... Pero hay placeres simples de los que quizá es imposible dar cuenta. También me había emocionado, días antes, encontrar en una recentísima edición de la poesía de Safo un hermoso poema sobre la vejez que no conocía y que los eruditos han "reconstruido" hace apenas un par de lustros. Si se lo hubiera contado a alguien, podría haberme dicho: "A buenas horas. Ese poema se publicó en 2004... A ver si te actualizas y te suscribes a un buen boletín de literatura grecolatina". 

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Pero también yo puedo pecar de inoportuno e indiscreto. Le comentaba ayer a M.A., mientras apurábamos la cena de sobras del almuerzo navideño, que todavía me escuece el malestar de un amigo a quien hace unos días me permití contar, entre copas, que había conocido a su padre y que me parecía que él, mi amigo, tenía muchas cosas en común con aquel. Para qué le dije nada... A pesar de que se dedica a lo mismo que su padre, y que ya hace años que dejó atrás la edad de la rebeldía juvenil, montó en cólera. Ignoro las razones, más allá de una posible divergencia ideológica entre ambos -aunque yo no recuerdo que el padre, en el trato que tuve con él, diera la menor pista de sus preferencias en ese campo durante el ejercicio de su profesión. Pero no era el momento de entrar en esas disquisiciones -aunque, desde la torpeza que da la ingesta de alcohol, quizá sí dijera algo al respecto-. El caso es que todavía me dura el malestar y no termino de descartar el propósito, que me hice entonces, de no compartir con extraños algo tan íntimo como pueden ser las efusiones amistosas después de una buena comida. Mejor me quedo en casa. (26/12/2017)

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