viernes, diciembre 14, 2018

EN CARNE AJENA

Aprovecho estos veinte minutos antes del comienzo de mi jornada laboral para hacer alguna anotación en este cuaderno, que tengo descuidado desde el domingo. No me preocupa el carácter apresurado de lo que salga: el cuaderno está para eso, para calentar motores, romper inercias, poner a prueba la capacidad de sintonía entre el pensamiento que deambula y la palabra que asume en la pantalla, también evanescente, rasgos de ilusoria permanencia. Ya habrá tiempo de escribir más despacio y reposado. Ahora lo que urge es constatar que los dedos siguen ágiles y la palabra presta a acudir al teclado. Et tout le reste...  


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Tras sonar el despertador, el gesto de apretar el interruptor de la lámpara de la mesa de noche -la lámpara china, que le decimos, por la forma como de techo de pagoda de su pantalla- se revela infructuoso. "Ya se ha fundido otra vez la bombilla", comento. Pero el interruptor de pared tampoco consigue el efecto deseado. Tardamos todavía unos segundos en percatarnos de que lo que ocurre es que ha habido un corte de corriente, o que han saltado los plomos. Ha sido esto último, y basta con accionar de nuevo la llave general. Pero durante unos largos minutos, todavía en las brumas del despertar, se ha abierto ante nosotros la posibilidad, no del todo alarmante, de no poder calentar el agua para el té del desayuno, ducharnos, usar el ascensor o abrir la puerta del garaje; con la opción añadida de sobreponerse a todos estos inconvenientes y, aun así, salir de casa -sin desayunar, sin duchar, bajando las escaleras y accionando a mano la puerta del garaje-, o resignarnos a la imposibilidad de un día normal y quedarnos en la cama... Que se ha desvanecido con el gesto de encender de nuevo la luz, tan despiadada a veces.


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Ayer un escritor a quien trato desde hace años y que me merece mucho respeto, tanto por su trabajo como por su extrema amabilidad, me sorprendió por la rabieta que se pilló en Facebook porque mandó un mensaje colectivo y muchos de los destinatarios, en cuanto se les llenó el buzón de las indeseadas réplicas generadas, decidieron eliminar la causa de la molestia sin averiguar siquiera el motivo del mensaje inicial. Entiendo su decepción: la instantaneidad de este tipo de comunicación genera unas expectativas de gratificación inmediata de las que cuesta desengañarse. Yo mismo he experimentado a veces esa sensación, tan complicada de explicar como difícil de reconocer incluso ante uno mismo, porque equivale a admitir el grado de infantilización al que uno se ha dejado llevar por el uso de estas tecnologías que devalúan el trato y convierten la sociabilidad en una mera exhibición de egos necesitados de remuneración afectiva inmediata. Pero más pena me da comprobar el daño en carne ajena. 

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Duele, luego existo (y es sólo lumbalgia). (14/12/17)

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