lunes, diciembre 03, 2018

MÁS SOLEDADES


No pedir mucho a esos escritores que ya han dado tanto de sí y de quienes pretender a toda costa que se mantengan a esa altura sería quizá exigir demasiado. Algunos, sin embargo, no requieren estas cautelas. Empiezo la lectura de la última entrega de los diarios de AT y, cuando llevo apenas cuarenta páginas, doy con una maravillosa anotación en la que describe su encuentro durante un paseo, dice, "de apenas veinte minutos" con unas adolescentes atribuladas, unos ancianos también cuitados y una loca que le pide unas monedas. No hay la menor afectación en esa página; cualquiera que salga a la calle con los ojos abiertos sabe que esos cruces se dan y que en ellos tiene uno a veces la ocasión de apreciar las verdaderas dimensiones del desamparo humano y la propia impotencia para remediarlo ni siquiera una pizca... Luego la vida nos absorbe y olvidamos lo que acabamos de constatar. A no ser que se escriba, claro, como ha hecho este


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Días de soledad sobrevenida, de la que no me lamento, porque sé que es temporal, pero que no deja de ofrecerme amargos vislumbres de lo que sería la soledad absoluta. Escribo, leo, veo películas en inglés sin subtítulos -anoche, la angustiosa The Caller de Arthur Allan Seidelman, de la que quizá me perdí algo por haber dado una o dos cabezadas- y experimento la vertiginosa sensación de que estas cosas, que son más o menos las mismas que hago en casa con pleno sentido cuando estoy acompañado, cuando las hago para llenar una jornada de completa soledad no son más que actos mecánicos, gestos para nadie, modos de infundir a la propia vida un simulacro de sentido que se revela absurdo en cuanto uno se detiene a pensar para qué llena su tiempo con esos actos. 


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El frío -ha tardado, pero ha llegado finalmente- pone a cada cual en su lugar. (3/12/17)

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