lunes, diciembre 24, 2018

NOCHEBUENA


Como estamos en tiempo de balance, quizá cabría decir que 2017 ha sido el año en el que más días he pasado solo. No se entienda en ello una queja; más bien, debiera congratularme de que estos intervalos de soledad han sido siempre ajenos a las dos partes afectadas y se han vivido por ambas con idéntica zozobra. Pero eso no lo aligera a uno del peso de los días, de la sensación de que cuanto se hace por llenar las horas responde más a automatismos que a esos hábitos consolidados y compartidos de los que está hecha la vida. Incluso comer y dormir responden a esos automatismos, y por ello mismo en esos días uno hace esas cosas como a destiempo y a otro ritmo, y sin guardar las formas a las que obliga el saberse en presencia de otro. Podría ser incluso una liberación, en determinadas circunstancias. Pero no cuando responde a estas urgencias sobrevenidas y cíclicas, a esta íntima sensación de haber dejado de vivir la vida propia para ponerla a disposición de las caprichosas disposiciones del azar. Así es la vida. Y esta es la primera nochebuena en muchos años que voy a pasar sin M.A.

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El cuenco de agua que le hemos dejado a K. entre las macetas, a la intemperie, le gusta más que el que tiene dentro de la casa. Cosas de gatos. Cuando abrimos para ventilar, por las mañanas, lo primero que hace es saltar al repecho del balcón y beber el agua alunada, seguramente muy fría y con algún regusto a polvo. Tal vez sea un hábito procedente de cuando los de su especie despertaban en la rama de un árbol, en la selva, y lo primero que hacían era bajar a beber en la charca más cercana. Y causa alegría pensar que nuestro balcón, a la amanecida, conserve algún resabio de esa selva primordial, que quizá también nosotros de alguna manera añoramos.

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Síndrome de mercadillo: esa especie de ansiedad que se traduce en la aceleración del pulso y como en un presentimiento de hallazgos felices. Con esa predisposición todo es posible. (24/12/17)

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