miércoles, diciembre 26, 2018

REDESCUBRIMIENTO


Finalmente la cena de nochebuena no resultó tan melancólica como esperaba. En ausencia de M.A., C. y yo acordamos preparar cada uno algo sencillo: yo aporto una ensalada y ella una de sus peculiares hamburguesas gourmet en versión vegetariana, que resultó muy apetitosa. Durante los preparativos y a lo largo de la cena escuchamos música: primero canción melódica y melosos cantantes italianos; pero luego, a raíz de un twist interpretado por Celentano, a C. le apeteció escuchar "Walk like a man", primero en la voz de Frankie Valli y luego en la disparatada versión de Divine, el conocido travestido que se hizo famoso por sus papeles en las descacharrantes películas de John Waters... A partir de ahí, es C. quien se ocupa de la banda sonora, casi exclusivamente compuesta de punk añejo -The Undertones, The Rezillos, Buzzcocks, Anti Nowhere League-, que a mí me trae algún recuerdo de cuando yo mismo escuchaba música parecida hace treinta años. También ella, por lo que parece, está en vena nostálgica; y como no hay hilo de recuerdo que, seguido hasta su extremo, no termine recordándonos alguna pérdida, y C. ya tiene alguna en su haber, temo que la deriva de la música la ponga triste. Pero no sucede nada de eso. Y al final de la cena, cuando decidimos quitar la música y poner la televisión, el peligro parece definitivamente conjurado. 

Pero todavía la velada nos tiene reservada alguna sorpresa. En el segundo canal de TVE están emitiendo, como era previsible, Qué bello es vivir. De inmediato nos dejamos llevar: desde que C. tiene uso de razón, habrán sido muy pocas las navidades en las que no hayamos visto juntos esa película. Pero lo sorprendente es que la versión restaurada que están emitiendo incorpora un par de escenas que no habíamos visto nunca y que arrojan una inesperada luz sobre aspectos de la historia que sin ellas quedan un tanto ensombrecidos... Las anoto aquí para que no se me olviden y por si acaso alguna vez tengo ocasión de incorporar estos comentarios a alguno de los textos que he escrito sobre esta película en mis artículos de cine. 

La primera es, sencillamente, asombrosa. Se ubica justo después de la fiesta en la que los Bailey celebran la llegada del hermano menor recién casado, y en la que George no puede ocultar su contrariedad al constatar que la boda del hermano y el hecho de que éste haya aceptado un empleo en la empresa de su suegro lo condena a él de por vida a ocuparse de la vieja empresa familiar de empréstitos. Mientras el contrariado protagonista fuma un cigarrillo en el jardín, al margen del jolgorio familiar y después de haber mandado a casa a tío Billy, que lleva encima una respetable cogorza, la madre, que ha adivinado el estado de ánimo de su hijo, sale a consolarlo y le sugiere que vaya a ver a su antigua novia, Mary, que ha vuelto a la ciudad tras terminar sus estudios. George no parece muy entusiasmado por la idea: de hecho, su reacción a la sugerencia de su madre es... tomar el camino contrario, que lo conduce al centro de la ciudad y a encontrarse con Violet, una chica que coqueteaba con él desde la infancia y que ahora se ha convertido en una atractiva mujer que quizá está dando algunos malos pasos en la vida. De hecho, cuando George le sale al encuentro la vemos en compañía de dos juerguistas que se las prometen muy felices ante lo que les parece una conquista fácil, y a los que la muchacha despacha -"pero no os vayáis muy lejos"- en cuanto reconoce al viejo amigo. George, que quizá ha bebido tanto como su viejo tío, le propone ir a nadar y a pasear "descalzos sobre la hierba"; pero la propuesta, hecha a voces destempladas en medio de un corro de divertidos curiosos, es rechazada por la chica entre las risas de los concurrentes. Chafado, George se resigna a encaminar sus pasos hacia la casa de la antigua novia, donde tiene lugar la renuente declaración que sella su destino.

La escena es importante porque confirma la sospecha de que entre la "descarriada" Violet y George ha existido una palpable atracción nunca reconocida y no sabemos si abocada a algún fin, pero que da sentido a un par de detalles posteriores: por ejemplo, el que más adelante George reciba a la chica en su despacho y le preste dinero para que pueda abandonar Bedford Falls, donde es objeto de escándalo, y reiniciar su vida en otra ciudad, lo que Violet le agradece con un beso que deja una comprometedora huella de carmín en las mejillas de su benefactor y dará pábulo al infundio que más adelante correrá sobre el presunto mal uso que George hace de los fondos de su empresa. En una escena ulterior, en el transcurso de la visión por la que el "ángel" Clarence muestra a George cómo habría sido la vida en Bedford Falls si él no hubiera nacido e intervenido decisivamente en las vidas de sus vecinos, veremos a Violet convertida ya en una prostituta ínfima a la que ni siquiera dejan entrar en los cabarets. De nuevo, George sale caballerosamente en su defensa, lo que lo pondrá en el punto de mira de la policía. Toda una historia de mutua atracción contada en tres episodios, de las que otras versiones de la película nos habían hurtado el primero y más elocuente.

La otra escena inédita no es menos reveladora. Meses después de haber conseguido salvar su compañía del pánico financiero que ha permitido a Potter, el malvado capitalista de Bedford Falls, hacerse con las empresas de todos sus competidores, vemos a George conduciendo a uno de sus clientes, un humilde taxista, a su nueva casa en una flamante urbanización construida gracias al empeño de la financiera Bailey. Es la única vez en la película en la que podemos ver el resultado concreto de la actividad de la empresa a la que George y su familia han dedicado tantos esfuerzos. Y es también una magnífica ocasión para que Capra muestre la condición social de los trabajadores favorecidos por la política de crédito de la mencionada empresa: en este caso, una humildísima familia cuyas posesiones -incluida una cabra- caben el el maletero del viejo coche de George... Meses antes, Potter había aducido el caso de este taxista como ejemplo de la clase de cliente insolvente a quienes la compañía de George solía conceder créditos. Y cuando vemos, un poco más tarde, lo que habría sido de éste y de otros trabajadores pobres de Bedford Falls si George no hubiera estado allí para ayudarles, sabremos que, sin ese oportuno apoyo financiero, el taxista en cuestión habría vivido toda su vida como inquilino de Potter en una vivienda miserable y que su mujer, incapaz de soportar esa vida, lo habría abandonado.

Éstas eran las dos sorpresas que nos tenía guardadas esta reposición de Qué bello es vivir. Redescubrir la película a partir de la profundidad de campo añadida que le proporcionan estos dos insertos me ha alegrado el día. Quién lo iba a decir.

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