lunes, enero 14, 2019

CARNABY


"Daría cualquier cosa por volver a vivir una noche de aquellas", me dice M.A. durante la pausada cena del viernes y bajo la influencia de la música añeja que estamos escuchando. Acababa de sonar "Just the two of us" de Grover Washington Junior y yo había dicho que el álbum al que pertenecía esa canción -Winelight, de 1980- era uno de los que componían la banda sonora habitual en el Carnaby, un bar donde parábamos entonces. Sonaban otras cosas, desde luego, pero ese LP, junto con Return to Forever de Chick Corea y Magic Touch de Stanley Jordan, eran recurrentes y solían marcar la hora en la que en el bar sólo quedábamos los incombustibles, los de siempre, los que no veíamos necesidad alguna de ir a otra parte porque allí estábamos muy bien. Éramos estudiantes y teníamos poco dinero, pero el que había se compartía generosamente y, cerveza a cerveza, éramos capaces de hacerlo durar hasta altas horas de la madrugada. El grupo era siempre el mismo: un servidor y un número variable de muchachas, todas bellísimas, por lo que uno vivía más o menos en un estado permanente de ensoñación poligámica... Había quien me envidiaba por ello: aquel escritor mayor, por ejemplo, que ya me conocía por mis primeros pinitos literarios, y que se acercaba a nuestra mesa y hacía lo posible por convertirse en el centro de la reunión. "Y pensar que me espera una cama de matrimonio grande y sola...", decía, como invitando a compartirla. No colaba. Había también un venerable anciano, siempre vestido con un impecable guardapolvo blanco, que vendía cacahuetes y al que nunca dejábamos de comprarle su mercancía. Y un tipo malencarado que siempre estaba solo en la barra y de quien sabíamos que trabajaba de repartidor, con una furgoneta: lo llamábamos "Rufino", porque nos recordaba al personaje que se describía en la canción de ese nombre de Luz Casal: "Rufino / te invita a comer langostinos. / Me gusta verlo bailar / con su aire de pingüino...". Lo mismo nos reíamos de nuestras propias ocurrencias que nos enfrascábamos de pronto en sesudas discusiones sobre esto y aquello, en las que casi siempre yo sostenía una opinión y el resto de la concurrencia la contraria. Y así se nos iban las horas. También di en llevar allí a los primeros escritores de mi edad que traté y de quienes me hice amigo. Dos de ellos -jerezanos, por más señas- se fueron una vez sin pagar y después de haber tomado muchas copas -aquella noche nos dio por la ginebra sola con un cubito de hielo-, cuyo importe me fue reclamado por el encargado del bar, un marroquí de muy malas pulgas, pero en el fondo inofensivo, que se conformó con que le pagara mi propia consumición y aceptó mi explicación de que a los otros no los conocía de nada. 

Aquel bar lo cerraron y el local que ocupaba, en una esquina por la que paso con frecuencia, permanece ahora ominosamente tapiado. Otros han corrido peor suerte: de los locales que ocupaban La Chimenea y el Cómic, otros dos bares que frecuentábamos entonces, no queda la menor huella: el espacio que ocupaban ha sido incorporado sin más al edificio al que pertenecían, sin que haya quedado de ellos ni el hueco de la puerta que daba a la calle, como en esas pesadillas en las que de pronto un paisaje familiar se vuelve irreconocible y es imposible hallar en él la menor referencia a la que agarrarse para recuperar la sensación de que uno sabe dónde está. Creo que eso es justamente lo que ha pasado: nos quedamos dormidos entonces, tras el momento álgido de alguna de aquellas veladas, y todavía no hemos despertado. (13/1/18)

No hay comentarios: