martes, enero 08, 2019

CULPABLE

A M. parece que le agrada que me haya pasado a su terreno, aunque sea en la condición de mero aspirante sin posibilidades. Quiero decir que le gusta que me haya dado por pìntar y que lo haga en su estudio, donde no parezco estorbarle y donde es grato que haya dos personas absortas en lo suyo, en silencio la mayor parte del tiempo, sin sentirse obligados a alimentar el fuego de la conversación o a interactuar de alguna manera. De vez en cuando, no obstante, mi amigo pintor deja lo suyo y se acerca a ver qué hago. Casi nunca dice nada. Y sólo alguna que otra vez se permite hacer alguna sutil indicación, siempre certera: "Oscurece esto, acerca aquello, no detalles tanto". Estos consejos no convierten mis acuarelas en obras maestras, pero siempre las mejoran apreciablemente, y me deparan la certeza confiada de que también en este recuperación tardía de una vieja afición tengo todavía campo para mejorar. Y si no, para mí se quedan estos buenos ratos, que tanto me distraen de mis preocupaciones habituales.

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Hemos vuelto a ver estos días, con enorme placer, la "trilogía de la caballería" de John Ford. Y nos queda la constatación culpable de que, aun apreciando lo que estas películas tienen de obras maestras indiscutibles, y siendo capaces de disfrutarlas como la primera vez que las vimos, si no más, no hay más remedio que reconocer que sería muy difícil ganar hoy día nuevos admiradores para ellas. ¿Qué efectos tendría proyectarlas, por ejemplo, en la escuela, con la intención de que los adolescentes de hoy las conozcan? Posiblemente, la queja airada de algún padre, en cuanto su hijo le contara que en ellas no se pone en cuestión el derecho del hombre blanco a confinar a los indios -por más que éstos tengan una innegable dignidad-, ni el código de conducta militar, dechado de las virtudes que debe tener un hombre, ni el reparto de roles tradicional entre hombres y mujeres. Uno sabe que nada de esto es importante a la hora de apreciar estas películas, pero, ¿cómo transmitir esa convicción a un tercero, y más a alguien contaminado por las muy presuntuosas certezas de las que hace gala el hombre contemporáneo? Pienso en algunas decepciones que me he llevado al respecto: desde el evidente disgusto con el que un director de la filmoteca dublinesa recibió mi elogio entusiasta de El hombre tranquilo hasta la incomprensión de algún amigo cercano. Hace unos días se preguntaba un columnista: ¿y si la corrección política hubiera ganado ya la batalla? Lo pavoroso es pensar que uno, sin querer, haya asumido ya ese engorroso argumentario y eso empiece a afectar su escala de valores. (7/1/18)

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