lunes, enero 21, 2019

EN LA CIMA DEL MUNDO


Top of the world, ma! ("¡En la cima del mundo, madre!"), gritaba James Cagney al final de Al rojo vivo (White Heat, 1949), antes que los disparos de la policía lo hicieran volar por los aires con el tanque de gas al que se había encaramado para parapetarse. También ayer nosotros estábamos en la cima del mundo: por debajo de nuestra cota había cuajado una espesa niebla, que se extendía en un radio de hora y media en coche a la redonda. Pero aquí, a ochocientos metros sobre el nivel del mar, gozábamos de una envidiable mañana de sol, muy adecuada para el propósito que nos reunía, que era celebrar las fiestas del barrio. Ocupábamos, literalmente, una isla soleada en medio de un mar de brumas. Por eso no me extrañó que entre los allí congregados hubiera un nutrido grupo de personas que no se conocían entre sí, o sólo vagamente, o quizá en contextos que nada tenían que ver con éste, y cuyo único nexo de unión era ser amigos míos de distintas épocas y lugares: era como si la niebla los hubiera empujado a este único lugar despejado en muchos kilómetros a la redonda. Y yo me complacía en presentarlos, en recordarles tal o cual circunstancia que quizá tuvieran en común, en trenzar las conversaciones para que la frágil trama que habíamos urdido sin pretenderlo no se deshiciera de golpe, como la volátil cima a la que se había encaramado Cagney en la mencionada película. Sí, yo también estaba, de pura felicidad, en la cima del mundo. Y de momento no silbaban balas alrededor.


***

A M.A. la ha mordido un burro. Asomaba su paciente cabezota (el burro, no M.A.) entre los hierros del corralillo en el que lo habían dejado en exhibición, como testimonio de que la fiesta que nos congregaba, la de San Antón, es la del patrono de las bestias, que en ese día son bendecidas por la autoridad eclesiástica de turno. El año pasado no hubo duda a este respecto: el bienhumorado cura que había entonces no tuvo inconveniente en acercarse al barrio y cumplir con lo que se esperaba de él. El de este año no lo ha tenido tan claro: quizá sospechaba que la ocasión tenía más bien poco de religiosa, y por eso ha alegado que estaba ocupado con otros asuntos y no se podría acercar. Pero los animales estaban allí, tranquilos y mirando con cierta displicencia a los humanos que se acercaban a celebrar, entre previsibles chanzas y familiaridades quizá no del todo apropiadas, el palpable vínculo que nos une con nuestros hermanos irracionales y, a través de ellos, con la naturaleza en general y con ese hondo pálpito suyo del que cada una de sus manifestaciones es sólo una imprecisa traducción. Por todo eso estaba allí ese burro que no dudaba en acercar la cabezota a todos y cada uno de sus admiradores. Esperaba, quizá, que alguno de ellos viniera a traerle una dádiva, como la naranja que JRJ le dio a Platero en cierto memorable capitulo de su libro. Quizá confundió la manga del jersey verde de M.A. con un manojo de hierba fresca. Y ahí clavó los dientes, dejando en el blanco brazo de la imprudente un enorme moratón que tardará mucho en irse. (20/1/2018)

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