martes, enero 01, 2019

ESPERANZAS

Sólo una cosa le pediría al año que empieza: que no corra tanto.

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Después de las nieblas de los últimos días, el año ha querido estrenarse con una mañana soleada. Y como M.A. se ha levantado resfriada y no ha querido salir, me he puesto el sombrero, me he echado un libro al bolsillo y me he venido al mirador, a pasar una hora o dos leyendo en un banco, de cara al mar de montañas azules que se extiende ante mi mirada. Al rato, advierto que en el banco vecino una muchacha de unos veinticinco años hace lo propio. La miro de reojo y es posible que ella me haya mirado a mí, aunque no podría jurarlo. No sé por qué, hay reciprocidades que de inmediato se traducen en la sensación de que uno de los dos partícipes es un intruso que simplemente se limita a imitar lo que hace el otro, quizá con el ánimo de llamar su atención o de crear una falsa confianza que ofrezca alguna excusa para pegar la hebra... Pero en cuestión de minutos logro olvidarme de la chica y me centro en mi lectura, que es sólo un pretexto para mantener el pensamiento ocupado cuando no miro el paisaje, que es lo verdaderamente digno de leer en una mañana como ésta. 

Mientras, va llegando la gente que viene a almorzar en el restaurante que ocupa la plaza a mi espalda. Familias, en general. Bien vestidas, radiantes: se diría que ponen su mejor voluntad para que nadie piense que no han querido empezar el año con alegría e ideas positivas. Algunos me conocen y saludan, e incluso hacen algún comentario sobre "lo bien que estoy ahí", con mi libro en las manos y el espléndido panorama que tengo por delante. Es como si dijeran: "A nosotros, pobrecitos, nos espera una comilona en alegre compañía; en cambio tú...". Yo me encojo humildemente de hombros, en un gesto que lo mismo podría querer decir; "Dichosos vosotros" que "Cada uno hace lo que puede". Y vuelvo los ojos a mi libro.

Así he pasado poco más de una hora. Al levantarme, la chica del banco de al lado sigue allí. Con el rabillo del ojo la he observado, por si levantaba la cabeza o hacía algún otro movimiento que pudiera interpretarse como señal de que había notado mi presencia y ahora me decía adiós. Pero como si nada.


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Noticias de fallecimientos, que se suman al recuento general de pérdidas con el que se cierra el año. Esta vez, una antigua profesora, que alcanzó merecida notoriedad en el estudio y puesta en valor de ciertas autoras de literatura infantil. Ha muerto muy anciana y cuando llevaba años ya en el limbo de la desmemoria y de la pérdida de la conciencia de quien se es. Triste final para una mujer activa y decidida, que seguramente tuvo que vencer no pocas dificultades para llegar a ser lo que fue. Sólo podría hacérsele un reproche: en su desempeño profesional no hizo jamás el menor esfuerzo por transmitir a sus alumnos las cosas que verdaderamente le interesaban y en las que llegó a ser reconocida experta. Impartía de mala gana el programa de su asignatura o dedicaba las horas de clase a naderías que impacientaban a algunos de sus alumnos, que se vengaban de ella faltando a sus clases y propagando historias que quizá fueran verdaderas y quizá no, como que, en un reciente viaje a Nueva York, que luego se supo que hizo con el propósito de seguirle la pista a la escritora exiliada EF, no fue capaz de encontrar la salida del aeropuerto Kennedy y se echó a llorar en medio de la multitud, hasta que un empleado conmovido se avino a echarle una mano... A nosotros, crueles, nos divertía la idea de que nuestra profesora de inglés no fuera capaz de valerse de esa lengua para preguntar por la salida de un aeropuerto. Claro que habría sido mucho mejor enterarnos de las investigaciones que se traía entre manos, y que pararon en la recuperación de algunas obras de la escritora en cuestión. Pero así eran las cosas, entonces y ahora, en la universidad española. A mí me tocó conocer a la difunta en su faceta menos favorecedora, la de profesora renuente. Luego me alegré de saber de sus intereses y su valía, que tan bien ocultos tenía... Descanse en paz.

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Si el resfriado de ayer era una mala manera de acabar el año, el de hoy -que es el mismo- puede resultar incluso esperanzador: a partir de este malestar no queda otra que mejorar. (1/1/2018)

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