sábado, enero 05, 2019

NO ME ENFADARÉ

Hoy reparaciones domésticas. O, mejor dicho, expectativa de que alguien venga a hacerlas, porque uno está ya mayor para según qué menesteres. Cuánto he peleado con esta persiana. Es muy pesada y por eso se parte siempre por las bardas altas, que son las que soportan el peso de todas las demás. Antes era yo mismo quien la arreglaba: abría el compartimento, metía la cabeza y, con ayuda de M. A., que tiraba de la cinta o sujetaba la persiana a media altura mientras yo operaba arriba, sacaba la barda averiada y con mucha dificultad encajaba la nueva. A veces no me acordaba de si la cinta debía de quedar enrollada arriba o abajo al final del proceso y despejaba la duda por el procedimiento de prueba y error, con lo que el trabajo se multiplicaba. También era frecuente que, al no tener manos suficientes para sujetar la tapa del hueco, las bardas en cuestión, la cinta y lo que hiciera falta, a veces el tingladillo de mis reparaciones en curso se venía abajo estrepitosamente, con el consiguiente riesgo de que, en la caída, algún filo cortante nos hiriera o alguna pieza contundente nos golpeara. Estaba también el riesgo adicional de trabajar en lo alto de una escalera bamboleante.

Una vecina piadosa me habló de un muchacho del barrio que hace estas cosas por un módico precio. Ahora es él quien asume la engorrosa tarea, mientras yo lo miro hacer. Lo que no deja de causarme una cierta mala conciencia; porque, aunque proporciono tarea a un trabajador por cuenta propia y contribuyo a la economía nacional —aunque quizá (no sé) dentro de esa nebulosa franja que llaman "economía sumergida"—, lo cierto es que he delegado en un tercero una de esas tareas que antes correspondían al hombre de la casa... Quiero decir -no se me malentienda- que era una de las cosas que me satisfacía medio saber hacer, más allá de la esfera de las tareas sedentarias y librescas en las que normalmente me ocupo. Ahora otro la hace en mi lugar. Y ni siquiera lo siento como un privilegio, sino más bien como una renuncia por mi parte.  


***

Pero volvamos a las cosas que sí se supone que caen bajo la jurisdicción de mi oficio. Me preguntan del periódico por un libro que me han enviado y la verdad es que no sé si lo he recibido o no, o si lo he tenido y ya lo he despachado porque no pensaba leerlo ni creía que me lo fueran a reclamar. Me pregunto cuántos libros míos, de los que yo mismo envío a unos y otros o pido que lo haga la editorial, habrán corrido la misma suerte. Miro la pila creciente de los que llegan a mis manos y nunca tendré tiempo de leer y me prometo que, si tengo constancia de que alguien ve alguno mío desde esta perspectiva tan poco favorecedora, no me enfadaré ni me sentiré agraviado. Ya habrá quién se lo reclame, como a mí me han reclamado éste de... que ni siquiera sé dónde he puesto, si es que ha pasado por mis manos. 

***

Publicar es, en realidad, soltar un lastre. Uno siempre tiene la esperanza de que, una vez libre del peso que supone tener sobre la conciencia un libro inédito, quedará libre para siempre de esa clase de preocupación. Hasta que llega el siguiente, y el siguiente... (4/1/2018)

No hay comentarios: