sábado, enero 19, 2019

PABLO GARCÍA BAENA


Murió Pablo García Baena hace apenas tres días y ya ayer hubo quien aprovechó una desmedrada columna periodística para incluirlo en una posible nómina de poetas machistas, y todo porque hace unos años el fallecido se permitió criticar ese elusivo agrupamiento en el que algunos engloban lo que llaman "poesía escrita por mujeres". El caso es que la imputación de la que ha sido objeto estaba hecha, como saltaba a la vista en una simple lectura del artículo en cuestión, por alguien que ni conoce su poesía ni parece estar al tanto del panorama literario actual; que habla de oídas e informada -se trata de una mujer- por algún simple. Se ve que, para estos tristes cometidos incriminatorios, basta la doctrina desde la que se formula la acusación. Tristísima perspectiva la que se anuncia si este tipo de actitudes, como parece, se van extendiendo cada vez más y acaban siendo la norma en un mundo sin libertad de pensamiento ni respeto por las opiniones ajenas.


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Va uno, mientras tanto, encajando la pérdida. En el caso de Pablo García Baena, no se trataba de un simple nombre conocido y admirado. Hubo, primero, la feliz coincidencia de que su rehabilitación literaria y la de sus compañeros del grupo Cántico ocurriera en los años en los que uno cimentaba sus primeras admiraciones literarias fruto de la libre elección, y no de lo aprendido en la escuela o en los manuales. Los artífices de esa recuperación fueron, como es sabido, los poetas "novísimos", y muy destacadamente Guillermo Carnero y Luis Antonio de Villena; pero los receptores mejor predispuestos a acoger a los poetas recién vindicados fuimos quienes en esos años empezábamos, como digo, a forjar nuestro gusto personal. Luego vino el trato: en Jerez, primero, en torno a las revistas Fin de Siglo y Contemporáneos, en las que los más jóvenes tuvimos la suerte de compartir páginas e incluso podría decirse que proyecto estético con aquellos ilustres mayores. No es cuestión de mezclar cuestiones de apreciación estética con generalidades de sociología de periódico; pero estaba claro que, entre la desinhibida poesía urbana, individualista y libertaria que se empezaba a hacer entonces y la que, fuera de toda norma o moda, hicieron los poetas de Cántico -una revista cordobesa que se publicó, en dos épocas, entre y 1947 y 1957- en un tiempo decididamente hostil a su designio, había una cierta afinidad y, desde luego, un claro fundamento para la simpatía y la comprensión mutuas. Lo que se tradujo en que nunca fue difícil para los artífices de Fin de Siglo -Francisco Bejarano y Felipe Benítez Reyes- conseguir colaboraciones de Pablo o que éste incluso publicara bajo ese sello su primer libro de prosa. 

Por aquellos años, recuerdo, empezó a ponerse de moda que un creciente grupo de poetas jóvenes nos felicitáramos las navidades o fines de año con un poemilla, una especie de villancico, normalmente de carácter laico o paródico o simplemente nostálgico y juguetón: el precedente más inmediato era, como no podía ser menos, la serie de villancicos que Pablo escribió durante años para felicitar a su amigo Vicente Núñez -otro poeta felizmente vindicado por entonces- y que publicó Hiperión en un volumen no venal que se tituló Gozos para la navidad de Vicente Núñez. No recuerdo cómo ese preciado librito, que Hiperión envió como regalo de protocolo a una selecta nómina de escritores entre los que evidentemente no me encontraba, llegó a mis manos. Seguramente algún amigo de más fuste literario que yo lo recibió por partida doble, del autor y de la propia editorial, y tuvo la feliz ocurrencia de regalarme el ejemplar redundante. 

No era, por supuesto, lo primero que yo leía del autor. Además de Lectivo, el libro de prosa que le había editado Fin de Siglo, entre mis libros más apreciados estaba la Poesía completa que le había publicado Visor en edición de Luis Antonio de Villena y que yo leía y releía con fervor, desde los deslumbrantes poemas recientes que abrían el volumen -entre los que destacaba el tríptico Tres voces del verano, escrito con una desenvoltura que el autor había tomado del propio Villena, aunque entiendo que mejorándola y trascendiéndola-, hasta los espléndidos poemas meditativos de Antes que el tiempo acabe, el libro de 1978 que había supuesto su regreso a la poesía después de años de silencio. Vinieron luego otros libros: Fieles guirnaldas fugitivas, por ejemplo, publicado en 1990, aunque anticipado en las páginas de Fin de Siglo algunos años antes -¿reseñé yo ese libro? Creo que sí, aunque no recuerdo dónde ni encuentro copia de la reseña en cuestión-, y Los campos Elíseos, de 2006, a cuya presentación en la Feria del Libro de Cádiz pude asistir y del que tengo ejemplar firmado con la letra temblorosa del poeta ya octogenario que todavía viajaba solo y disfrutaba, como tuve ocasión de comprobar, de los placeres de la buena mesa y la agradable compañía. Dos años después se repetirían circunstancias parecidas cuando el poeta volvió a Cádiz para departir sobre los ángeles turiferarios de Zurbarán que guarda el museo provincial y yo tuve el placer de presentarlo. Hubo otros encuentros. También algunas cartas y no pocas llamadas telefónicas, entre ellas las que yo le hacía para pedirle colaboración para el periódico La Ronda del Libro, que yo coordinaba por encargo de la Feria del Libro de Cádiz, y en el que Pablo publicó, entre otras cosas, una magnífica semblanza de Fernando Quiñones en un número que se le dedicó al escritor gaditano tras su muerte en 1998. Hubo también algunas navidades en las que Pablo prefirió sustituir la habitual tarjeta de felicitación por una cariñosa llamada telefónica. 

No lo traté en sus últimos años. Siempre he sentido pudor para inmiscuirme en la intimidad de un hombre retirado y que ya ha renunciado a la vida social. Sí tuve noticias de su apacible vejez. Y en una ocasión en que quise pasar por su calle cordobesa, Obispo Fitero, me crucé con él, que iba del brazo de un acompañante, y no me atreví a abordarlo. Es mi último recuerdo suyo. Hemos perdido algo más que un gran maestro: era todo un referente -aunque nunca hubiera presumido de serlo- de vida y carácter. Lo echaré de menos. (18/1/2018)

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