miércoles, enero 09, 2019

TRUEQUES


Del mar, como de ninguna otra cosa, puede siempre decirse, incluso en sus momentos de mayor ensañamiento con los designios humanos: no es nada personal. Es más: su furia parece siempre resultado de un íntimo rebullir, del doloroso ajuste de una cuenta pendiente consigo mismo. Eso sí: conviene no ponerse a su alcance cuando dirime esas cuitas, de las que nada sabemos y que en nada nos atañen.


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Tener respecto a casi todo esa tranquila voluntad de renuncia de la que hacemos gala, por ejemplo, cuando tratamos con alguien que nos atrae, pero a quien nunca quisiéramos dar a entender que nos gustaría que esa atracción fuera siquiera un punto más allá. 


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Para agradecer a esta compañera que haya puesto a mi disposición una remesa de papel que no servía para otra cosa, pero que parece que soporta bien la pintura al acuarela, le he traído precisamente una de las acuarelas que he pintado en esas hojas. Y piensa uno que, más allá de la satisfacción que me ha producido su alegría al recibir mi regalo, estaría bien que en otras facetas de la vida pudiera uno también operar según los principios de la economía de trueque. Pero qué podría uno aportar a ese régimen de intercambios, más allá de aquello por lo que ya me pagan. ¿Una cuartilla escrita a cambio de un kilo de garbanzos? ¿Quién la querría? (8/1/18)

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