domingo, enero 27, 2019

UN RECITAL


Tarde lluviosa, desabrida, de las que desaconsejan por completo cualquier veleidad de echarse a las calles. Pero aquí estoy, de camino a un bar en el que se supone que me esperan para que anime la velada con un recital de mi obra poética. Me costó mucho aceptar la invitación, sabiendo lo que me esperaba. Pero luego pesaron sobre mí consideraciones de otro tipo. El organizador, me dije, es amigo y me ofrece su local con la mejor voluntad; y ya me ha invitado varias veces y siempre he encontrado alguna excusa para evadirme, así que esta vez... Y aquí estoy. El día antes, el propio organizador me había dicho que él no iba a estar presente: "No, yo sólo organizo, a la mayoría de los actos no me es posible asistir. Ya sabes que trabajo fuera...". No hay problema, le dije. Daba por sentado que quien quedara al cargo me reconocería en cuanto me viera entrar; que estaría allí la clientela habitual, quizá ya acostumbrada a esos "actos de los jueves" que al parecer dan renombre al local. Y que bastaría que me anunciara y todo iría sobre ruedas. 

Pero nada ocurrió como yo pensaba. A mi entrada en el bar -de un bar se trata-, la muchacha que atendía la barra me miró como se mira a un extraño al que no se espera en absoluto. Mantenía una animada conversación con dos parroquianos que tenían todo el aspecto de llevar ya al menos una hora apoyados en la barra y dando palique a la camarera, como quizá hacían todas las tardes. Desde luego, hablaban con mucho desparpajo. La conversación, por lo que pude entender, era subida de tono, y no estoy muy seguro de que fuera del agrado de la muchacha, que quizá la soportaba sólo porque a intervalos sus interlocutores le pedían que les llenase el vaso y ésa iba a ser seguramente toda la recaudación que le tocaba hacer esa tarde. Quizá por ello yo esperaba que mi mera entrada en el bar iba a suponer un cambio de escenario: la chica saldría de detrás del mostrador a saludarme, me diría cómo iba a transcurrir el acto, me preguntaría si me apetecía tomar algo mientras esperábamos la llegada de más público -yo ya venía acompañado de dos personas-, etcétera. Pero la muchacha se limitó a quedárseme mirando con gesto interrogante y fui yo quien me sentí obligado a explicar, entre titubeos, que venía a... "Ah, sí", me dijo. "Habrá que esperar un rato, por si viene más gente". 

Dicho y hecho, nos sentamos en una de las mesas -todas estaban libres- y esperamos a que la chica nos trajera las bebidas. Cuando salió de detrás del mostrador, vi que calzaba unas baqueteadas zapatillas de paño, de andar por casa. "Es un trabajo duro", me dije. "Pasa muchas horas en pie". De todos modos, allí nadie se andaba con muchas formalidades: a los pocos minutos de estar allí, en efecto, otra mujer en zapatillas y pantalón de pijama salió de la cocina con un envase de papel de aluminio en el que parecía llevarse a casa lo que iba a ser su cena. En esas observaciones estábamos cuando llegó un conocido: ya éramos cuatro los asistentes al recital; por lo que en vano esperé de mi anfitriona alguna indicación. Habría bastado que dejara de prestar oído a la selecta clientela -en ese momento, me pareció oír, hablaban de los atractivos del llamado "beso negro"- y anunciara el comienzo de la lectura. Pero ni ella dijo nada ni yo tampoco. Así que acabamos nuestra consumición y, como habíamos esperado ya el tiempo de cortesía que se suele conceder en estos casos, decidimos irnos a cenar a otro sitio. Naturalmente, pagué yo la cena: era lo menos que podía hacer por aquellos amigos que habían ido a escucharme. Y en eso quedó mi anunciado recital.

Un par de días después, la persona que me había invitado me mandó un mensaje en el que lamentaba el fiasco y me comentaba que aquello no era lo habitual, que aquellos actos de los jueves tenían público asegurado y eran siempre un éxito. De lo que deduje que lo que me estaba dando a entender era que, si nadie había ido a escucharme, la culpa era exclusivamente mía. "¿Qué le contesto?", le pregunté a M.A. "Mejor no le digas nada". Ni siquiera sé para qué he venido aquí a anotarlo: seguro que, cuando vuelva a darse el caso, tropiezo otra vez con la misma piedra. Y así va uno haciendo su gloriosa carrera literaria. (26/1/18)

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