viernes, enero 04, 2019

UNA VIDA


Desde que dejé de raparme la cabeza con una máquina, hace medio año, habré venido a esta peluquería tres veces, y en cada una de ellas el peluquero me ha contado una sección de su vida. Es como una novela por entregas; de la que, además, no hay que imaginar el final, que es el de todas las historias contadas retrospectivamente por su protagonista: lo que se cuenta es cómo se ha llegado hasta el momento y la situación presentes, considerados puertos de arribo. 

Es un hombre que viene de vuelta; si no, no se explica que haya venido a recalar aquí después de haber cumplido los cuarenta y parezca no tener otra ambición que sobrevivir a cuenta de su negocio, que atiende él solo, sin ayuda de empleados, y que es más bien modesto. Tampoco parece que tenga mucha clientela: de las tres veces que he venido, sólo en una he tenido que esperar unos minutos a que terminara de cortarle el pelo a un cliente anterior; luego, en el tiempo que tardó en atenderme a mí, no vino nadie. En las otras dos ocasiones ni eso: no había nadie a mi llegada ni nadie entró en la media hora aproximada que permanecí allí. Sin embargo, lo hace bien; y, sobre todo, logra infundir en el cliente ese efecto que las personas inseguras demandan de los actos de arreglo personal: la sensación de salir un poco mejorados, aunque nadie, fuera del pequeño círculo familiar que es capaz de reparar en las pequeñas variaciones en nuestro aspecto, vaya a notarlo. Es también muy barato y en el precio del corte de pelo incluye el arreglo de la barba y también algún que otro retoque de fantasía a las cejas e incluso a los poco favorecedores pelos que le asoman a uno por los agujeros de la nariz.

Pero lo que importa es su historia. Es madrileño. Su padre, gaditano, conoció a la que luego sería su mujer en Madrid, y allí se casaron y se quedaron. Su gran ilusión era, según cuenta el hijo, volver a su tierra nativa, aunque fuera tras la jubilación, y a tales efectos había ahorrado para comprarse un piso en su ciudad natal, que no llegó a estrenar, porque la muerte lo alcanzó antes. "Yo heredé su deseo de volver", dice el hijo; aunque lo curioso es que no lo haya hecho hasta hace apenas cinco años, que son los que lleva aquí. "Al principio no tenía amigos, y entre los pocos con los que me trataba había quien recelaba de un forastero que no se sabía muy bien qué pintaba aquí." Tiene esa idea de los ambientes nocturnos que frecuenta: una especie de comunidad cerrada, casi una secta, en la que es difícil lograr aceptación, hasta que llega el momento mágico en el que los recelos ceden y el extraño es finalmente considerado uno más del grupo. En el suyo, me dice, abundan los pintores y poetas, aunque lo cierto es que no conozco a ninguno de los que me nombra ni él conoce a los pocos que yo le menciono. Sólo coincidimos en uno: un pintoresco personaje que, por lo que sé de él, hace años que tiene perdida la cabeza y se dedica a escribir con tiza mensajes apocalípticos en cualquier superficie que se preste a ello. Me hace gracia que el único vínculo que podamos establecer entre la gente que él conoce y la que conozco yo sea este personaje. "Hay también en el grupo unos cuantos madrileños. Y a veces se nos unen extranjeros. A todos les encanta Cádiz." 

Yo no digo ni que sí ni que no. Para que te "encante" una ciudad no hay como no haber nacido en ella; de lo contrario, le pasa a uno con ella lo que con sus parientes: los quiere, pero los conoce demasiado bien como para atribuirles demasiadas virtudes que quizá no resistan la prueba de un escrutinio cerrado. También me ha contado que desde el balcón del piso en el que vive se ve el del que fue de su abuelo, una casa en la que jugó de niño. "Es como volver a mis orígenes", remata. En vano he intentado sonsacarle sobre los motivos de ese regreso. Las fotos de sí mismo que tiene puestas en la peluquería lo muestran como fue hace lo menos quince o veinte años: alocado, dado a la extravagancia indumentaria y a cierta gesticulación amanerada, que lo mismo indican que es gay que simplemente revelan actitudes que eran muy comunes en los ambientes desinhibidos de entonces. Nada concluyente por ese lado. Su aspecto y maneras de ahora no dejan ver nada de esa faceta; si acaso, una cierta afectación de juventud, ya un tanto desmentida por su complexión de hombre más cercano a los cincuenta que a los cuarenta. Aún así, parece que le complace recalcar que me ve mayor que él, e insiste para darle a mi corte de pelo un aire más moderno, o simplemente -matiza, al ver mi gesto de escepticismo- "más actual". Todas las veces que he venido hemos tenido el mismo amistoso tira y afloja respecto al tipo de corte de pelo que me conviene. 

Cuando me dijo que se relacionaba con poetas le comenté, un tanto imprudentemente, que yo también lo era. Pero ni me preguntó mi nombre, por si lo hubiera oído alguna vez, ni hizo ningún otro comentario al respecto. "Aquí todo el mundo es artista de un modo u otro", concluyó. Y yo en eso le di la razón. (3/1/18)

No hay comentarios: