martes, enero 15, 2019

VIDA LITERARIA

¿Qué hacíamos allí los tres -dos escritores y un editor- en una desabrida tarde de enero en la que uno de los presentes había estado atendiendo sus obligaciones laborales hasta hacía poco, otro decía haberse perdido un concierto y el tercero, yo, sentía remordimientos por no estar enfrascado en la lectura del voluminoso libro que había de reseñar esa misma semana? Nos habían citado en aquella librería para participar en una "mesa redonda" sobre la edición en Cádiz y, más concretamente, sobre los proyectos que teníamos para el año entrante. Los escritores veníamos invitados por el editor, a quien a su vez había convocado la librería en cuestión... Y lo curioso es que, nada más entrar -yo fui el primero en llegar-, ya noté en la cara del encargado que allí no se nos esperaba. En vano le expliqué que se nos había citado allí, e incluso saqué el teléfono móvil para mostrarle el correspondiente mensaje. "Ah, sí, debe de ser cosa de mi sobrino". El aludido salió en ese momento de la trastienda e inmediatamente se hizo cargo de la situación. "El acto se ha suspendido. Así se lo hicimos saber al moderador. ¿No os ha avisado?". No, a nosotros no nos había avisado nadie y ahora nos pesaba de un modo especial, y con una leve nota de escarnio, el haber sacrificado el mencionado concierto, la tarde de lectura y el merecido descanso para acudir a lo que seguramente no iba a añadir nada a nuestras pobres vidas de gente que pone alguna ilusión en este desmedrado negocio. Todavía antes de despedirnos decidimos entrar a tomar algo en la cafetería de un un hotel cercano. Y allí estuvimos sentados como media hora, en un destartalado vestíbulo, sin que nadie saliera a atendernos. Estaba claro que no era nuestra tarde. Finalmente, conseguimos merendar en una populosa cafetería a la que suelen acudir los parientes que atienden a los ingresados en un hospital cercano. Hablamos de esto y de aquello, un poco por llenar la tarde. Y en eso quedó todo. 


***

Me llama este amigo a quien le han encargado, como a mí, escribir un texto para el catálogo de una exposición que se quiere hacer en homenaje al escritor gaditano FQ, de cuya muerte se cumple este año el vigésimo aniversario. "Es que quiero citarte, pero no tengo a mano tu prólogo a su antología poética en Vandalia. ¿Decías allí algo sobre la influencia de Pound? ¿Y quién crees que es ese Luis al que cita en el poema que abre Las crónicas del 40? ¿Cernuda?".

Este amigo mío, poeta él mismo, sabe mucho de pensamiento poético y es sin duda la persona más indicada para escribir sobre esas cuestiones. Pero no deja de hacerme gracia esta especie de elevación del trato erudito -todo lo relacionado con cruzar datos librescos y referenciarlos como es debido- a las benditas alturas de la charla entre compadres, sin duda mucho más grata. Debo confesar que yo también lo hice una vez, y en una ocasión mucho más comprometida. Tenía una cita de Eliot que me venía muy bien para argumentar cierto punto de un trabajo académico que andaba ultimando entonces, pero no la tenía debidamente referenciada. Por suerte, conocía a quien tenía nada menos que la edición original del libro en cuestión, publicado en los años 30 del pasado siglo. Podría haber ido a su casa a cotejar la cita. Pero, por razones de rapidez y comodidad, preferí llamarlo por teléfono, y por teléfono hicimos el laborioso cotejo, párrafo a párrafo, hasta dar con la cita... Luego mi amigo y yo hicimos votos para quedar un día y tomar unas copas. (14/1/18)

No hay comentarios: