miércoles, febrero 06, 2019

HERMANO RAFAEL

Me manda Andrés Trapiello una foto de un sobre encontrado en el Rastro y dirigido a un tal Rafael Benítez Ariza. No lleva dirección y ostenta el sello de la sección de protocolo de un ministerio, por lo que cabe pensar que lo que contiene o contuvo es una invitación. ¿A qué? El remitente no me aclara si abrió el sobre y vio lo que había dentro. Quiero pensar que la existencia de este desconocido que llevó mis apellidos quizá no fuera muy distinta de la mía: que quizá fue funcionario y se adornó de alguna querencia artística, y que por eso, y porque la vida todo lo convierte en compromiso y rutina, recibía cartas de la sección de protocolo de Dios sabe qué entidad. Una cosa es segura: fuera quien fuera, debe de llevar muchos años muerto, como corresponde al propietario de un papel hallado en el Rastro. Por lo demás, no cabe llevar estas reflexiones mucho más allá. Google identifica a unos cuantos Benítez Ariza repartidos por todo el orbe y con destinos muy disímiles: desde preso político a ingeniero, pasando por el modesto profesor y oscuro escritor que escribe estas líneas. De todos ellos, qué duda cabe, este aparecido en el Rastro es el más misterioso, quizá por expresar mejor que los algoritmos de Google ese azar de tener un nombre que, a la postre, no sirve para otra cosa que para nombrar una inexistencia. En eso, nebuloso hermano Rafael, eres el Benítez Ariza que más lejos ha llegado.


***

La calle donde aparco está en obras. Va por tramos, por lo que uno anda estos días con la mosca detrás de la oreja ante la posibilidad de encontrar mañana un nuevo trozo de calle acotado por vallas y la consiguiente obligación de buscar aparcamiento unos metros más allá, y así hasta ser expulsado para siempre de esa modesta felicidad momentánea que depara el mero hecho de encontrar todas las mañanas un hueco junto a la acera donde dejar el coche. Hoy, cuando salía a tomar café, he visto a unos guardias inspeccionando el trozo de acera donde aparqué esta mañana. Me he quedado mirándolos desde la esquina, como se quedaría uno mirando a un merodeador sospechoso al que hubiera sorprendido asomado a la ventanilla de su coche, al acecho de algún objeto olvidado que robar. Los guardias me han visto y han cuchicheado algo entre ellos. La verdad es que, en vez de quedarme mirándolos como un pasmarote, debería haberme acercado a ellos y preguntado por la fecha en que habrá que desalojar la acera en cuestión. Pero la timidez, paradójicamente, me ha vuelto descarado. Me he quedado mirándolos y luego he desandado mis pasos hasta refugiarme en la cafetería, donde hay testigos que, si es necesario, sabrán dar fe de mi condición de hombre inofensivo y de irreprochables costumbres. (5/2/17)


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