sábado, febrero 09, 2019

PREPARATIVOS


Preparativos para un viaje de cuatro noches a Barcelona. Me hace ilusión, pero se me hace un mundo. La verdad es que viajar es una de las cosas más engorrosas que conozco: ese amontonarse en los aeropuertos para subirse en un avión en el que ir apretujado entre extraños y entre rutinas ominosas, que constantemente te recuerdan lo antinatural que es todo esto, lo contrario a los ritmos y querencias normales en un ser humano. Mi consuelo es que este viaje, como casi todos los que hago, se resolverá en quehaceres sedentarios, que depararán durante unos días, no la sensación de estar en un lugar extraño, sino la de hacer vida cotidiana en un sitio del que hará uno lo posible por apropiarse. Y hay una novedad: no he programado nada, no he mirado la cartelera ni la programación de exposiciones (aunque no descarto que lo haga a última hora, puede que en cuanto cierre este apunte): C. se encarga de todo y parece que asume con gusto la responsabilidad, no sencilla, de mantener a su padre ocupado durante cuatro largos días.... Será más descansado, sin duda.

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No se puede decir que esto de los viajes no se haya popularizado : hace apenas unos años, incluso los pobres como nosotros asumíamos un afectado aire de gravedad burguesa cuando entrábamos en un aeropuerto y nos sometíamos a las formalidades oportunas, que eran mucho menos severas que las de ahora. Ir mal vestido era impensable: la policía no miraba con buenos ojos a los viajeros desastrados. Incluso ser demasiado joven te hacía sospechoso, no de portar una bomba o un alijo de drogas, que es lo que la policía parece buscar afanosamente con los controles actuales, sino de quebrar una especie de convención. De esos tiempos recuerdo que, si era uno el más joven y más informalmente vestido de una cola en la que hubiera una decena de señorones con pinta de ejecutivos, que eran casi los únicos que viajaban entonces, la policía invariablemente te echaba a un lado y te cacheaba delante de todos. Ahora lo tienen más difícil: todos somos más o menos parte de la misma carne de cañón, y acaso lo que rompe la armonía general es ir demasiado arreglado en medio de la grey hirsuta que va en chándal y se echa a dormir tranquilamente en las salas de espera, como lo harían unos vagabundos bajo un puente. Quizá sea mejor así. Pero, de nuevo, esta sobreañadida funcionalidad de todo el proceso no hace otra cosa que volverlo más mecánico, más pesado, más parecido a las rutinas necesarias para arrear ganado que a los lujos de los viajes de antes.


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Elegir el libro que ha de acompañarte durante un viaje es casi tan delicado como elegir a la persona que irá contigo. Y lo curioso es que, en el caso del libro, el que te acompañe será siempre objeto de una infidelidad, real o imaginaria, porque no hay viaje en el que no acumule uno al menos media docena de libros salidos al paso y vinculados ya para siempre en tu recuerdo al lugar visitado y a las expectativas puestas en él. 


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A pesar del frío, hoy ha sido la primera tarde en la que hemos oído cantar los pájaros que anticipan la primavera. (8/2/18, jueves)

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