lunes, febrero 04, 2019

REALIDADES


Leo en el fascinante diario de los Goncourt el juicio que el crítico Sainte-Beuve hace de Alfred de Vigny, "el muerto del día", en una de las cenas que los diaristas y un nutrido grupo de escritores celebraban periódicamente en el restaurante Magny: "No comprendía nada de la realidad, que no existía para él". Aporta ejemplos, que presentan a Vigny como un ingenuo y un despistado, lo que resultaba a veces muy contraproducente en los vericuetos de la vida literaria parisina. Pero lo que me impresiona del juicio no es tanto sus derivaciones anecdóticas como su posible aplicación a ciertos temperamentos en general y a mis propios ensimismamientos en particular. 

Escribir, en realidad, no es sino la complicada manera que algunos tenemos de aproximarnos a una realidad que siempre se presenta como elusiva y ambigua, cuando no directamente inasible. Pienso en el paseo matinal que acabo de dar, en las impresiones recibidas a lo largo de ese paseo... Ya sé que mi pasión por el Ulises no es compartida por muchos, pero se fundamenta en el hecho incontrovertible de que su autor, James, Joyce fue uno de los pocos que se planteó seriamente desarrollar un método para trasladar a la página escrita la naturaleza elusiva, múltiple, ambigua y contradictoria de las realidades más simples. El paseo de Stephen Dedalus por la playa de Sandycove es, en ese aspecto, una de las cimas de la literatura universal. Y quizá, por ello mismo, inimitable, como tampoco se puede imitar sin incurrir en el pastiche la Ilíada de Homero o la Divina Comedia de Dante.

Pero quizá merecería la pena intentarlo. ¿Dónde poner, en el relato de ese paseo mío de hace apenas una hora, la mezcla de impresiones suscitada por la breve irrupción en un balcón de una mujer que fumaba un cigarrillo? ¿O las asociadas a la contrariedad de constatar el cierre de la sucursal de cierta empresa de mensajería que nos resultaba muy conveniente por su cercanía a nuestra casa? ¿O el embarazo de salir del supermercado con un enorme paquete de rollos de papel higiénico que, por su tamaño, no he podido disimular en una bolsa? Y todo esto ocurre mientras el bullebulle de las preocupaciones de fondo de uno -cuitas laborales, proyectos literarios, tratos pendientes, preocupaciones familiares, etcétera- sigue ahí, como un telón de fondo al que a veces se superponen las impresiones sobrevenidas, cuando no impide que éstas se abran paso hasta la conciencia. 

Pero hoy era uno de esos días en los que la mirada hacia las cosas externas no parecía estar ofuscada por ese bullebulle permanente; y el resultado es esta impresión, quizá demasiado optimista, de que vuelve uno de la calle con la mirada refrescada por la impronta de la realidad. Y es algo que no ocurre todos los días. (3/2/18)

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