domingo, febrero 10, 2019

UNA LLEGADA

Llegar por primera vez a una ciudad al filo de la madrugada, hay que reconocerlo, predispone un poco contra ella: ni el viajero está en su mejor momento ni la ciudad suele enseñar a esas horas su cara más amable. Y algo de eso sentí cuando, nada más llegar al Prat, nos enteramos de que la escalera mecánica por la que se sale de la terminal a la estación de metro estaba cerrada por obras. Para rodear el obstáculo hubo que salir de la terminal y avanzar al amparo de la marquesina exterior hasta encontrar otro acceso. Pero nadie, entre el centenar largo de pasajeros que acabábamos de bajarnos del avión de Sevilla, daba con esa entrada, y una misma impresión de desorientación nos envolvió a todos, mientras unos seguían avanzando hacia la salida prometida y otros volvían sobre sus pasos como intentando encontrar el punto en el que habían perdido el norte. Tampoco había a quien preguntar. Hasta que nos decidimos a abordar a una limpiadora y ésta no sólo nos dijo que en alguna parte había un ascensor que nos conduciría a la mencionada salida, sino que tuvo la gentileza de acompañarnos hasta él. No sé si los demás pasajeros, de quienes nos habíamos separado momentáneamente, tuvieron esa suerte. 

Sí, no fueron unos inicios muy prometedores, como tampoco lo fue la larga hora de viaje en metro que todavía nos quedaba por delante, hasta bajarnos en la estación de Guinardó. Pero el barrio, sorprendentemente, resultó acogedor incluso a esas horas intempestivas. Dejamos las maletas en el hotel y nos apresuramos a buscar un sitio abierto donde todavía pudiéramos cenar. No es que falten bares por la zona, pero a esa hora estaban todos cerrando ya; y así fuimos, de bar en bar, casi como quien mendiga un bocado, hasta que, en un figón en la esquina de Ronda del Guinardó con Carrer de Sant Quintí, una amabilísima camarera —el segundo ángel de la guarda que salía hoy en nuestro auxilio— convenció al cocinero, que ya estaba terminando su jornada, para que no apagara la plancha y se aviniera a prepararnos unas hamburguesas. Que, además, y para sorpresa nuestra, no resultaron ser la porquería que esperábamos, y sí unos nobilísimos especímenes de cocina rápida para muertos de hambre a una hora inhóspita.


***

Peor fue lo otro, la llegada al aeropuerto de salida. Nos guiaba el navegador del teléfono móvil y lo estaba haciendo bien. Nuestro destino era el aparcamiento para estancias largas, que teníamos contratado. Pero un momento de duda justo donde se bifurcaban los carriles nos hizo tomar el que conduce a la puerta misma de la terminal, donde los taxis dejan a los pasajeros, y no el que debía llevarnos al aparcamiento. Impertérrita, la voz del robot femenino que guiaba nuestros pasos nos sacó del aeropuerto y, en busca de un punto donde pudiéramos girar y volver sobre nuestros pasos, nos llevó por una carretera comarcal hasta un pueblo vecino, en el que nos metió en un laberinto de calles estrechas que, finalmente, nos dejaron al filo de un escalón infranqueable al borde de un descampado y sin posibilidad de dar marcha atrás... 

Esto no puede estar pasando, me digo, mientras me enfrento a la posibilidad de que vayamos a perder el avión por un simple despiste. Finalmente, llego a la temeraria conclusión de que el escalón que tengo ante mí no es tan alto como parece y quizá mi coche pueda sortearlo. Y como no hay otra salida, no lo pienso más: los bajos del coche rozan con los bordes irregulares del escalón y se oye un bonito estruendo de metales chafados. No me detengo a mirar. Con dificultad, atravesamos el descampado lleno de socavones hasta llegar al arranque de una calle pavimentada, por la que salimos a la carretera que ha de devolvernos al aeropuerto. 

Al bajar del coche veo el daño causado: una hermosa abolladura al filo de los bajos, en uno de los costados. Y la sensación, que tardará mucho en desvanecerse, de que nos hemos visto envueltos a nuestro pesar en una extrañísima pesadilla. (Viernes 9 de febrero, 2018)

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