lunes, febrero 11, 2019

UNA MAÑANA GÉLIDA



Mañana soleada y gélida. Como es carnaval, en el obrador-cafetería donde desayunamos han tenido la humorada de hacer un dulce en forma de máscara. Cuando lo veo en la mesa, no puedo evitar pensar que es lo más parecido a una tarta de cumpleaños que he tenido en muchos años. Hoy cumplo cincuenta y cinco y empezar el día con un buen desayuno en compañía de mi mujer y mi hija no me parece la peor manera posible de celebrarlo. Hay también otras delicias en la mesa: una coca de verduras y salmón, unos cruasanes recién hechos, una aromática taza de té. Tiende uno a verlo todo a través del filtro de sus lecturas; y si las calles circundantes del Guinardó me han traído a la memoria el mundo de Juan Marsé, el banquete para empezar el día me hace pensar en el epicureísmo de Pla y de otros renombrados bon-vivants del país. Dedicaremos la mañana a pasear por el centro de Barcelona, que es tanto como decir que vamos a someternos a ese curioso ejercicio, no siempre remunerador, de confrontar lo anticipado por las lecturas con los datos fehacientes que proporciona la realidad. Pero hay algo en el ambiente que me hace pensar que el balance no será insatisfactorio: quizá el día soleado, quizá la euforia de saberse en tierra y con centro de operaciones y sin necesidad de preocuparse de horarios y aviones en unos días.

La comparación es inevitable: uno ama Madrid, pero también lo ha sufrido en sus propias carnes y en las de personas muy cercanas; con Barcelona, en cambio, no tiene uno ninguna deuda pendiente. Y lo primero que decido anotar en su haber es la sensación inicial de que, descontados barrios periféricos y suburbios, se trata de una ciudad muy abarcable y con límites bastante precisos, en comparación con la muy dispersa Madrid. Si se planta uno en mitad de Via Laietana, por ejemplo, a un extremo de la limpia recta se ve lo que parece la loma de una lejana montaña y al otro se adivina el mar. No son escasas las perspectivas desde las que la ciudad parece contenida entre horizontes tan precisos; lo que crea la engañosa ilusión, desmentida luego por las distancias, de que toda ella parece amoldarse a un enclave perfectamente delimitado, más allá del cual no habría ciudad propiamente dicha. 

Hay que decirlo ya: es una ciudad hermosa. Los desastres urbanísticos que le ha infligido, como a todas, la modernidad no han podido anular la personalidad de los estilos arquitectónicos correspondientes a las épocas que más han contribuido a definir su fisonomía: la baja Edad Media, que ha dejado su impronta en el Barrio Gótico y en otras zonas de la ciudad vieja, y el Modernismo en sus distintas variantes, desde el medievalismo arrebatado y un tanto fantasioso del antiguo hospital de Sant Pau, en la cabecera de la Avinguda de Gaudí, hasta el protorracionalismo burgués, todavía lleno de resabios historicistas, que predomina en los edificios de las grandes avenidas. No sabe uno dónde mirar, en qué balconada fijarse, qué gárgolas, frisos o relieves de fantasía le impresionan más en medio del aire de comedida elegancia burguesa que define el conjunto. Tampoco ha dejado uno de advertir la profusión de banderas independentistas —"esteladas", en sus dos versiones: la que tiene la estrella en un triángulo azul y la que la inscribe en uno amarillo—. Son el fruto adventicio de una conflictividad política que resulta claramente impostada si se la compara con la atmósfera de afabilidad general que predomina en las calles y la convivencia en ellas de gentes de las más diversas culturas y nacionalidades y, sobre todo, de distintos idiomas, siendo muy notable la naturalidad con la que se alternan el catalán y el castellano en todo tipo de contextos y la facilidad con la que se pasa del uno al otro en el transcurso de una misma conversación. Por otra parte, también en esa especie de guerra de banderas que se desarrolla en los balcones hay matices: si bien no hay apenas banderas españolas —aunque alguna he visto—, lo que sí hay es muchas senyeras sin estrella alguna, lo que quizá pudiera interpretarse como la manera discreta con la que muchos barceloneses no independentistas muestran su aprecio por el actual régimen de autonomía sujeta al marco constitucional. En esto, como en tantas otras cosas, los matices importan.


Hemos terminado el paseo en el puerto, sentados en la terraza de uno de los modernos centros comerciales que han invadido el espacio portuario. Se está muy bien allí, bebiendo cerveza no demasiado fría —aquí la sirven apenas fresca, un poco al estilo inglés— bajo un precario sol que no termina de disipar los efectos insidiosos del aire gélido, que obliga a llevar el cuello levantado y las cremalleras bien cerradas. Luego vendrá el almuerzo en un atestado restaurante asiático y la retirada al hotel. En el camino, en un remate de libros de segunda mano a beneficio de una oenegé, me echo al cesto un ejemplar de Un senyor de Barcelona de Josep Pla. Me servirá de lectura en la hora de la siesta. (Sábado 10 de febrero, 2018)

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