viernes, marzo 01, 2019

EL OJO DE CRISTAL

Antonio Santillán (Madrid, 1909-Barcelona, 1966) dirigió apenas once películas. La coproducción hispano-mexicana El ojo de cristal (1956) fue la cuarta. Ninguna de ellas aparece en esos resúmenes de urgencia con los que suele despacharse la historia del cine español. Sin embargo, bastaría la que acabo de nombrar para que su director ocupase un puesto destacado en ese relato. La emitió hace un par de días el programa de televisión Historia de nuestro cine. Y todavía nos dura el asombro. ¿Cómo es posible -comentábamos- que no la hubiésemos visto antes, que la televisión pública o los canales temáticos correspondientes no la programen con regularidad, que la crítica no la cite y reivindique con el entusiasmo que merece? No es el único caso, por desgracia: si algo está demostrando el citado programa, es que la historia del cine español está todavía por escribir y habrá de hacer justicia necesariamente a varias decenas de nombres que, en su mayor parte, se jugaron su suerte en una o dos películas y luego cayeron en el más absoluto olvido. Santillán, decíamos, hizo algunas más, lo que no significa que su trabajo haya conseguido el reconocimiento que merece. O quizá es sólo ignorancia por nuestra parte. 

El caso es que la película en cuestión nos dejó asombrados. Ya el guión, basado en un relato de William Irish (seudónimo de Cornell Woolrich) adaptado por el versátil Ignacio F. Iquino, resulta sorprendente: la película se abre con un asesinato y sigue al autor hasta el momento en el que, temiendo ser traicionado por su novia y cómplice, mata también a ésta, después de asegurarse una coartada más o menos perfecta. Pero luego la acción se centra en presentarnos al policía encargado de resolver el caso: un hombre apocado y no muy brillante, cuya incapacidad ya ha merecido la reprobación de sus jefes. Casualmente, una pista relevante cae en manos de un grupo de niños entre quienes se encuentra el hijo del policía en cuestión... Se dirá que son muchas casualidades. Pero lo que la historia quiere mostrar no es, evidentemente, la resolución del crimen -el público ya sabe quién es el criminal-, sino el proceso por el que un niño que intuye las limitaciones de su padre hace lo posible por ponerse en su lugar y convencerse a sí mismo de que su padre es el gran policía que el hijo quisiera ver en él. La historia transcurre en una Barcelona espléndidamente fotografiada en sus periferias desoladas y en sus callejuelas, así como en un centro urbano muy distinto al espacio invadido por turistas que es ahora, y en el que los niños pueden jugar tranquilamente al fútbol ante la fachada de la Catedral, por ejemplo. 

La película alterna con naturalidad los registros costumbristas y documentales con las secuencias de tensión y el tiempo sin tiempo de los niños ocupados en sus juegos y fantasías. Y el final, no por previsible menos emocionante, sitúa al espectador, no ante la satisfacción de un enigma resuelto o un crimen castigado, sino ante el espacio incógnito que se abre ante la vida de un niño cuando hace un último esfuerzo por no caer en el realismo desengañado de sus mayores. En ese aspecto, recuerda el trágico sesgo que tienen los juegos de fantasía entre niños en la novela Si te dicen que caí de Juan Marsé. Curiosamente, la película parece empeñada en mostrar una cierta filiación literaria: el protagonista lee el semanario Destino -un número del mismo será pieza clave en la investigación- y un camarero nombra a uno de los colaboradores más conocidos entonces de esa revista: el crítico y columnista Sebastiá Gasch.

Anoto lo que precede a beneficio de inventario y para no olvidarlo en cuestión de días, como suele sucederme con casi todas las películas que veo. Ésta, desde luego, no lo merece. (28/2/18)

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