viernes, marzo 22, 2019

LA BOHEMIA


(22/3/18)

¿Existe todavía la bohemia?, me pregunto mientras hojeo el caótico pero apasionante Diccionario... de la misma que ha publicado José Esteban. Lo que sí existe, sin lugar a dudas, es la pobreza del artista que no tiene otra dedicación profesional que no sea el cultivo de su propio arte. Yo mismo sería más pobre aún de lo que soy si me dedicara en exclusiva a explotar mis habilidades literarias, incluidas algunas derivaciones de las mismas, como pueden ser el oficio de traductor o las colaboraciones en periódicos y revistas. Conozco a muy pocos escritores que vivan de lo suyo; y quienes aparentemente se dedican a ello en exclusiva, lo hacen, bien porque su cónyuge aporta un sueldo fijo al presupuesto familiar, bien porque, más allá de sus ingresos propiamente debidos a la escritura, han sabido tejerse una red de apoyos que les asegura que les llamen de aquí o de allá periódicamente para diversos menesteres remunerados, tales como ejercer de jurados de premios literarios o impartir alguna que otra conferencia.

Aun así, hay casos insalvables. Pienso en el pintor jerezano J. T., que murió hace apenas unos días. Sufría una discapacidad de nacimiento, pero no atinó a solicitar la ayuda que le correspondía hasta que un amigo, viendo su extrema pobreza, hizo por él las gestiones correspondientes. Fueron también los amigos quienes lo animaron a exponer -y, aun así, lo hizo en contadas ocasiones- su pintura delicada y visionaria a un mismo tiempo. No tenía más familia que una hermana, con quien alguno de esos amigos se turnó  para velarlo en el hospital en sus últimos días. A su muerte, la prensa local se las ha visto y deseado para encontrar algo que publicar al respecto: ha circulado mucho, por ejemplo, una entrevista que el difunto concedió hace un par de años, y en la que, con mucha modestia, dijo dos o tres cosas atinadas de su pintura, aunque para ello hubo de usar las palabras con las que otros se la  habían encomiado. Fue hasta el final un personaje discreto y silencioso. Y ahora su vida, a la luz que arrojan sobre estas existencias el tremendo libro de José Esteban, se me antoja un trasunto de la de aquellos bohemios de principios del siglo XX. Eso sí: sin vicios ni canallería, porque el finado más bien llevaba, a esos respectos, una existencia franciscana.


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Me ha gustado, contra todo pronóstico, Flores rotas (Broken Flowers, 2005), la película de Jarmusch cuyo protagonista, interpretado por Bill Murray visita a todas las mujeres con las que ha tenido una relación en busca de una que presuntamente ha tenido un hijo suyo. El argumento ofrece el pretexto perfecto para presentar una galería de personajes femeninos en distintas situaciones personales y profesionales: desde la mujer sin ataduras que parece feliz de tener un nuevo encuentro -lance sexual incluido- con su antigua pareja, a la que no puede evitar mostrarle a las claras la enorme distancia que la separa de la que fue cuando lo conoció; pasando por la que no le ha perdonado el posible daño infligido y reacciona violentamente al verlo. La película invita silenciosamente al espectador a efectuar mentalmente un recorrido parecido. ¿Qué ocurriría si uno lo intentara, no digo ya con antiguas amantes, sino simplemente con amigos irremisiblemente distanciados? Pero ya el azar se ha ocupado, incluso con más frecuencia de la deseable, de depararle a uno algunos de esos impremeditados encuentros. Y el resultado, todo hay que decirlo, no suele ser lo que se dice gratificante. 

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