lunes, abril 22, 2019

EL SABOR




19/4/18


Hay algo en la National Gallery of Ireland que me recuerda al museo provincial de mi ciudad natal. La composición, en realidad, es la misma, descontada la práctica ausencia en este último de pintura medieval. Lo demás coincide casi punto por punto: algunas muestras menores, pero no obstante valiosas, de pintura renacentista y barroca, algún que otro cuadro menor de algún gran nombre de la pintura europea; y, sobre todo, mucha pintura local decimonónica y de principios del siglo XX, más o menos en sintonía, en el caso irlandés, con los graves acontecimientos históricos del periodo que culminó con la emancipación del dominio inglés. Se pasea con agrado por estas lujosas salas palaciegas y hasta se permite uno, entre otras indiscreciones -por ejemplo, intentar comerme una chocolatina y atraerme con ello una discreta llamada de atención de uno de los vigilantes-, fotografiarse a sí mismo frente a uno de los grandes espejos con recargados marcos dorados. 

No sabe uno si su memoria retendrá la grata impresión que le están produciendo estos cuadros de  Jack Yeats, el hermano del poeta, Charles Vincent Lamb o Paul Henry, entre otros: lo más seguro es que la memoria, más allá de archivar el dato de que uno ha estado ya aquí un par de veces y en ambas se ha sentido casi como en casa, olvide más o menos pronto esta pintura entre costumbrista y comprometida, siempre al socaire de las novedades que llegaban de París o incluso de Londres, y conserve sólo la idea de que en este venerable edificio de Dublín hay unas cuantas muestras de pintura verdadera, atenta al temblor y fugacidad de lo real. Con eso quizá basta.


***

Cuando me canso de ver cuadros, doblo la esquina y me sumerjo en la explosión de alegría que supone una mañana soleada en un parque dublinés. Hace apenas unas horas la llovizna y la humedad me hacían temblar. Ahora, como la multitud que me rodea en St. Stephen's Green, me he quitado el abrigo y remangado el suéter, y poco me falta para hacer lo que los más audaces: tumbarme a la hierba con el torso desnudo o semidesnudo, como veo hacer a una rozagante muchacha de aspecto y maneras más o menos yanquis que se ha quitado la camisa y quedado en sujetador, cuyas dos copas blancas, radiantes, son como otros dos soles que iluminan la mañana. 

Pero no es ésta la única sorpresa que me guardaba este parque: un poco más allá, a la sombra de un árbol, una chica llora desconsoladamente en los hombros de un chico, que la mantiene abrazada. Caigo en la cuenta de que es el segundo llanto de una desconocida que presencio en este viaje. Y esa constatación pone una nota melancólica en mi salida del parque por la vertiente que conduce casi en línea recta a la estación de Pearse, de vuelta a casa.


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No está mal esta cerveza rubia que acaba de lanzar Guinnes y que recomiendan en este pub de Dalkey. Para cerciorarnos, no obstante, tomamos dos pintas. Con menos no termina uno de cogerle el sabor. 

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