viernes, mayo 17, 2019

FANTASMAS

16/5/2018

El hecho incontrovertible de que a las siete de la mañana, e incluso antes, ya hay plena luz, y que por  tanto la sufrida humanidad de uno se ahorra el esfuerzo de afrontar, al inicio de cada jornada, un penoso preámbulo de oscuridad, no sólo me pone de buen humor, sino que me traslada a los amaneceres irlandeses de hace un mes, mejor sintonizados que los nuestros con la luz del día por razón del huso horario. Allí me despertaba a eso de las seis y media y ya había amanecido, a despecho de que el día que se anunciaba fuera más o menos brumoso, como corresponde también a esas latitudes. Pero incluso la luz de un día brumoso es mejor que la simple ausencia de ella cuando es noche cerrada y ya ha sonado el despertador. Eran largos esos días irlandeses, en los que mis obligaciones me tenían en danza desde esa hora temprana hasta el anochecer e incluso más, porque a la jornada de trabajo había que añadir la hora de desconexión en el pub de turno, ante una pinta de Guinness y el instructivo espectáculo de los parroquianos sorbiendo las suyas en actitud de contenida expansión, como quien no quiere ponerse en evidencia ante extraños. Algo me dice que aquí me falta precisamente eso, un modo de terminar el día que no sea solamente rendirse de sueño ante el televisor. Pero pienso en la docena de locales en los que podría satisfacer esa fantasía y se me quitan las ganas: sucios, dominados por la resonancia metálica del televisor contra las paredes alicatadas y ocupados quizá por esa recalcitrante clientela de entresemana que considera el bar suyo y a quien la presencia de un extraño resultaría sin duda una molestia... Al menos los amaneceres son de todo el mundo y no hay que rendir cuentas a nadie de por qué se lanza uno a la calle como si el día que tiene por delante no fuera una ardua jornada laboral, sino un don del cielo.


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A esta compañera le hace gracia el carácter autobiográfico de mi Trilogía, que está releyendo ahora. La primera vez que lo hizo, me dice, no me conocía aún y se le escaparon muchos detalles. Ahora no está dispuesta a que se le vaya ninguno. "¿Quién es J.? ¿Quién es la muchacha de los hoyuelos? ¿Dónde estaba el Manila?" -lo dice por un bar que menciono en Vida nueva-, "¿Es verdad que...?". Algunas cosas se las aclaro, en otras le doy largas, o le explico que tal o cual personaje, como tales o cuales lugares, son en realidad mezclas de varios, criaturas mixtas cuya verdad procede, no de corresponderse con exactitud con tales o cuales personas reales, sino de su buena avenencia con lo que realmente se recuerda de determinadas épocas o lugares, que suele ser una amalgama caprichosa, y donde los rasgos individuales frecuentemente se barajan para producir esa especie de ectoplasmas plausibles de los que se compone la memoria.

También el protagonista -o sea, yo- tiene esa condición mixta. Y el primer engañado soy yo, que ya no me recuerdo sino bajo la figura de este Juanma fantasmal que ha acabado usurpando mi propio pasado.


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Ay de esos escritores jubilados que confunden la gloria de haber llegado con los réditos de disponer ahora de todo el tiempo que antes les hacía falta para disputar el magro botín que ambicionaban. Se dejan ver literalmente en todas partes. Y en todas partes les guardan lo único que han ganado: la palmadita. 

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