lunes, mayo 06, 2019

SIN BLANCA

(5/5/18)

Parecerá una estupidez, pero... he sentido el impulso de dar las gracias a un árbol florecido -una jacaranda- por su olor, que de pronto, en medio de la mañana abrumada, me ha transportado a otro orden posible, a otra realidad más bella y armoniosa.


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Traduzco el último párrafo de Down and Out in Paris and London de Orwell, con la intención de convertirlo en cláusula contractual a cuyo estricto cumplimiento me comprometo: "Con todo, anoto una o dos cosas que la pobreza me ha inculcado. Jamás volveré a pensar que todos los vagabundos son canallas borrachos, ni esperaré que un mendigo tenga que mostrarse agradecido cuando le doy unos céntimos, ni me sorprenderé de que un hombre sin empleo carezca de entusiasmos, ni haré aportaciones al Ejército de Salvación, ni llevaré mi ropa a la casa de empeños, ni volveré la cara a los repartidores de publicidad, ni me daré un banquete en un restaurante elegante. Por algo se empieza". 


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Y hablando de mendigos, me cuenta M.A. que anoche, al volver de atender a sus padres, se topó con un hombre tirado en mitad de la calle. "¿Le pasa a usted algo?", le preguntó. El hombre contestó que necesitaba un caramelo, lo que M.A. interpretó que su desvanecimiento se debía a una bajada de azúcar. Inmediatamente llamó a los servicios de atención urgente, en donde le dijeron que conocían ya al hombre y que estaban hartos de atenderlo y que no le pasaba nada... Indignada, llamó a la policía nacional, donde la remitieron a los servicios de urgencia con los que acababa de hablar. Finalmente, consiguió que la policía municipal se personara... a los cuarenta minutos. Mientras, y con ayuda de un transeúnte, consiguieron que el hombre bebiera un vaso de agua con azúcar que le proporcionaron en un bar, y eso pareció reanimarlo un poco.

El caso es que, al día siguiente, soy yo quien veo a un hombre tendido ante una parada de autobús, justo en el espacio en el que han de detenerse los vehículos. Hay gente congregada a su alrededor y algunos hacen las correspondientes llamadas para pedir ayuda. Como veo que no le va a faltar auxilio, sigo mi camino. Y el caso es que, a la vuelta de mi recado, me lo encuentro tumbado en un banco público, en la postura de quien no ha buscado acomodarse para descansar con comodidad, sino que simplemente se ha desplomado... Miro a mi alrededor. La gente congregada en la plaza no parece sorprendida: al parecer, este hombre es especialista en representar a la perfección este tipo de actitudes. Al final los servicios de urgencia, que tan pobre opinión merecieron a M.A. el día anterior, van a tener razón. Pero qué duda cabe de que ella hizo lo correcto, lo que cualquier persona bien nacida debe hacer en un caso como ése. Y yo, por mi parte, me atengo a la cláusula de Orwell: no pensar que ese hombre, a pesar de la farsa que cree necesario representar para atraer la atención de los viandantes, es un canalla borracho. Sus motivos tendrá, su terrible historia, su proceso de aprendizaje para la durísima vida en la calle. 


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A., a quien no le ofende el tópico de que, por ser gitano, ha de ser supersticioso, me dice que no se jubila, pese a que tiene ya edad para ello, por no tentar a la bicha. Y yo casi lo suscribo: a la vista de lo sucedido a algunos jubilados que conozco, y a la actividad frenética que otros desarrollan por tal de no dar ocasión a que su propio organismo piense que ha llegado el momento de parar, casi pienso que lo más sensato que uno puede hacer en esta vida es prolongar las rutinas de madurez todo lo que se pueda. Y ya se verá.  

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