martes, mayo 14, 2019

UNA PRESENTACIÓN


13/5/2018

Hemos llegado temprano y hay tiempo para que el dueño de la librería nos enseñe el local, que tiene una trastienda honda y amplia y una especie de cripta abovedada que se ha habilitado como sala de presentaciones. El dueño ha tenido la fantasía de amueblarla con sillas heterogéneas, posiblemente tomadas de la basura, lo que le da al espacio un no del todo ingrato aire de almoneda, aunque también de improvisado asilo de indigentes. "Fue usado como refugio durante la guerra", nos dice; para, a continuación, disculparse por el frío y la humedad. "Con las últimas lluvias ha habido filtraciones. Por eso tengo puesto el deshumidificador", explica, señalando con el dedo un aparato que zumba a un lado de la mesa donde hemos de sentarnos. "Lo desconectaré durante el acto, para que no moleste". Y el caso es que, no sé por qué, y a pesar de los malísimos presagios con los que afrontaba esta presentación -la quinta, creo, de la novela que acabo de publicar-, me he animado, quizá porque he intuido que un espacio así forzosamente ha de tener su clientela, o porque siento que el dueño, con su aspecto de viejo bohemio curado de espanto, no me va a juzgar peor o mejor en función de que acuda más o menos público al acto para el que lo he comprometido. 

Y sí, efectivamente empieza a llegar público: algunos son conocidos míos -los tres o cuatro que no han abrumado mi correo en los últimos días con mensajes de disculpa-, pero otros, la mayoría, son fieles de la librería, casi todos más o menos de la edad del dueño. Por eso, cuando la presentación, que consiste en un diálogo con un escritor amigo, deriva a un debate sobre el relato que distintas generaciones -la de mi presentador y la mía, sobre todo- han hecho sobre la Transición, que es la época que sirve de telón de fondo a mi novela, tengo la sensación de que esa parte del público nos está juzgando con severidad, como si pensara: "Qué sabrán estos pardillos. Nosotros sí que sabemos lo que fue todo eso, porque no sólo hemos conocido la Transición y lo que vino después, sino también lo que vino antes, que fue la dura posguerra". En efecto, cuando se abre el turno de preguntas, uno de los espectadores nos espeta justo eso: que nació en plena guerra y que le parece que la literatura actual no acierta a dar una imagen sólida del país. "En los tiempos del Quijote o del Guzmán de Alfarache España tenía una imagen definida, sobre la que se podía escribir. En los últimos años no hemos hecho otra cosa que destrozar esa imagen, hasta tal punto que ya como país no hay quien nos conozca...". Siguen largas consideraciones en torno a ese punto, por lo que llega un momento en el que otros espectadores, aburridos quizá por la larga disertación, creen oportuno entrar al quite. Tercia entonces mi presentador, el escritor A.T.: "¿Y si nos vamos arriba? Porque la verdad es que aquí me estoy quedando helado".

Tras la firma de rigor de unos cuantos ejemplares, tomamos una copa en un bar cercano con nombre muy literario: "La dama boba". C.M.C. me comenta que anda escribiendo una novela sobre cierta banda terrorista de extrema izquierda a la que también yo me refiero de manera un tanto oblicua en una parte de mi libro. Quedamos en seguir en contacto para intercambiar impresiones sobre este asunto, que nos apasiona a ambos, quizá porque los dos nos criamos en barrios y ambientes de los que ese grupúsculo quiso nutrirse en sus años de actividad más virulenta. M., por otra parte, me pregunta cómo he conseguido permiso de mi antigua editorial, en la que ella también ha publicado, para reeditar mis novelas en otra casa: también ella quiere recuperar los derechos sobre su libro. Me resulta curioso este rápido y eficacísimo intercambio de información profesional en lo que parece un rato de charla distendida después del trabajo. Y acuso un cierto sentimiento de impostura, como si no fuera éste -no lo es- el papel que me corresponde, y sí el de un pardillo que ha venido a la capital en pos de esa misma fantasía de reconocimiento literario que trajo en su día a estas mismas calles al pobre Miguel de Cervantes o a toda esa caterva de desnortados que nutrió la bohemia de hace cien años. Mi presentador, que es perro viejo, asiste con una sonrisa benévola a estos desenvolvimientos míos en el papel de escritor rodado. Luego se excusa: tiene una cena, me dice. Al rato C. y M. hacen lo propio, lo que me deja en compañía de mis anfitriones habituales en estas escapadas madrileñas: mi cuñado J.M. y J., un primo suyo con el que tengo bastante amistad y al que con frecuencia recurro para que me saque de dudas o me refresque la memoria cuando escribo sobre Madrid. 

Me llevan, primero, a un tabernón castizo, hoy muy degradado, en el que tomamos una cena que deja mucho que desear, pero en la que apenas reparamos, porque tenemos mucho que contarnos y la conversación casi no deja ocasión para hacer la reseña de los pobres manjares que nos sirven, más allá de la consternada constatación de que la ración de paté de cabracho es muy escasa o de que el lacón ha sido recalentado con microondas. Para resarcirnos, me llevan luego a un local muy elegante, donde lo mismo se pueden tomar copas que cenar, y donde mis dos acompañantes marean un poco al simpatiquísmo camarero hispanoamericano a propósito de la elección del güisqui. Con fina ironía, el chico termina preguntándoles si está bueno el que finalmente han elegido. "No, es para probarlo alguna vez. Yo nunca lo he tomado". Finalmente, recalamos en un antro de la calle M. F. y G. -otro escritor-, atendido por una guapísima gitana que, al enterarse de que uno de mis acompañantes trabaja en la compañía de la luz, le expone que a ella llevan meses sin cobrarle el suministro y que no sabe cómo resolverlo; lo que acabo interpretando como que dispone de un enganche ilegal y lo que realmente quiere saber es qué consecuencias puede acarrearle en caso de que la compañía lo descubra. La detallada exposición del problema, de todos modos, nos permite disfrutar de la grata compañía de la chica durante todos los intervalos que le permite el ajetreo del bar, que no es mucho a esta hora. Nos cuenta que lleva veintisiete años en el negocio -lo que me lleva a calcularle la edad en torno a los cuarenta o cuarenta y cinco- y que apenas hace gasto de luz en su casa porque sólo va allí a dormir y que todo lo demás, incluyendo su aseo personal, lo hace en un pequeño apartamento anexo al bar donde nos encontramos -lo que hace que se me encienda una lucecita fantasiosa, que descarto inmediatamente-; que en esa casa en la que dice que apenas pasa tiempo murió no hace mucho su abuela y que en ella ya no vive un hermano enfermo que está ahora internado en una institución... Pero no nos está haciendo el relato de sus aflicciones, porque todo esto lo cuenta sin apearse ni un segundo de su luminosa sonrisa y mientras nos reprende en broma por llenarle el mostrador de pieles de cacahuete, que limpia de un trapazo, o burlarse de nuestro aire de impostada circunspección.

Vuelta a casa, finalmente. Nos lleva J., que tiene la ocurrencia de bajarle la capota al coche -un descapotable, el primero al que me he subido en mi vida- para que sintamos en nuestros acalorados semblantes el toque gélido del aire nocturno. En homenaje, quizá, al ejercicio de regresión que han supuesto mis novelas, J. hacer sonar en la radio del coche "Money for Nothing", una vieja canción de Dire Straits. Miro a mi alrededor, haciendo votos para que en las inmediaciones de la avenida por la que discurrimos no haya vecinos cuyo sueño sea perturbado por el paso de tres juerguistas en un descapotable con la música puesta a toda pastilla... Aún hay tiempo para que, con el coche parado -y ya la música apagada- a la puerta de la casa en la que nos quedamos los otros dos, J. nos cuente que un amigo suyo ha publicado un libro en torno al "caso Vallecas", la espeluznante historia de posesiones diabólicas que desconcertó hace unos lustros a la policía madrileña y dio lugar a la película Verónica, que ha tenido algunos reconocimientos en la última edición de los premios Goya. Con esa desasosegante impresión y la preocupante perspectiva de poder conciliar el sueño después de una noche tan movida, nos vamos a dormir. 

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