sábado, junio 08, 2019

A PRIMERA HORA DE LA TARDE



7/6/2018

En P., el pueblo de al lado, resolviendo una cuestión tributaria. La cita era a las cinco y media de la tarde, pero como no estaba seguro de cuánto tardaría en llegar, al final me he presentado allí con unos cuarenta y cinco minutos de antelación, lo que me ha llevado a cruzar el centro de la población a la hora más intempestiva posible, Menos mal que este principio de junio está siendo fresco, porque no quiero ni imaginar lo que hubiera sido la caminata desde la estación, donde he aparcado el coche, hasta la oficina de marras bajo una temperatura de treinta grados a la sombra, que es lo normal en esta época. Las calles, de todos modos, están desiertas: apenas me cruzo con tres o cuatro personas. Dos de ellas, un hombre de mi edad o incluso mayor y una chica que debe de tener quince o veinte años menos, se están besando apasionadamente en la terraza de la cafetería de un céntrico hotel. Afortunados ellos, pienso, que quizá están alargando la sobremesa del almuerzo y demorando el momento de subir a la habitación... Pero en realidad lo que envidio -la caminata me ha acalorado- es la idea de que en esa terraza a la sombra se debe de estar como en el mismísimo paraíso, y mejor incluso en las habitaciones del hotel, donde seguro que disfrutan de un magnífico aire acondicionado. Yo ya estoy llegando a mi destino. El empleado, como me temía, mueve la cabeza nada más oír mi tribulación. No puede ayudarme, ni tampoco el compañero de otro negociado al que ha expuesto mi caso. Vuelvo sobre mis pasos por la misma calle de antes. Los de la terraza no están ya. En vano intento adivinar, mirando las ventanas, tras cuál de ellas estarán disfrutando de los placeres de la siesta en compañía. A mí me quedan todavía diez minutos de caminata y luego un tramo en coche hasta llegar a casa. Donde, además, hoy nadie me espera.

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Es curioso que todavía esperemos tanto de los gobiernos, cuando lo único cierto es que tenemos por buenos a aquellos a los que acompaña una coyuntura favorable y por malos a los que no tienen esa suerte. Ellos, a lo sumo, pueden limar tal o cual notoria aspereza de las leyes o administrar un poco mejor o peor la ínfima parte de la tarta sobre la que tienen control. De cómo hagan eso depende que se sientan beneficiados tales o cuales miles de votantes que eventualmente les renovarán su confianza o se la retirarán. Eso es todo. Y, sin embargo, cuánta pasión ponemos en defender o condenar esas actuaciones. Mejor se entiende el interés que ellos ponen en convencernos de su importancia. Les va mucho en ello: su fortuna personal, la calificación con la que pasarán a la historia, la confianza de la camarilla de la que dependen. Etcétera.

Sin embargo, y pese a lo dicho, yo también espero cosas del gobierno de turno: que, como resultado de su gestión, funcionen un poco mejor determinados servicios que facilitarían mucho mi vida y las de algunos allegados. Pero todavía no estoy muy seguro de, digamos, el estatus gnoseológico de esa esperanza: si pertenece al orden de las expectativas racionales o al que rige para las combinaciones del mero azar. Otra cosa sería forzar la suerte: en ello fundan su fe quienes se sienten revolucionarios. A veces, para qué negarlo, uno los envidia.


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Cantan a todas horas, pero no con la misma convicción. A primera hora de la tarde, bajo la canícula, parece que lo hacen por pura obstinación, como si quisieran medirse con las chicharras. Al filo de la puesta de sol entonan una solemne despedida. Y sólo a primera hora de la mañana los pájaros, como los humanos, parecen discrepar entre sí: unos, los más tempraneros, tantean temerosamente las posibilidades del nuevo día; otros, los que cantan cuando la luz ya se ha afianzado, lo hacen desde la certeza del que nada ha arriesgado y ya sabe que el sol sale para todos. 
  

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