martes, junio 11, 2019

MARCOS

10/6/2018

En el mercadillo. Compro un par de marcos dorados, a 50 céntimos cada uno, para mis acuarelas. Incluso el gitano que me los ha vendido me mira con extrañeza. "Hay que quitarles el polvo", dice, como si temiera que el despistado que acaba de comprarle esos detritos no cayera en la cuenta. Los marcos conservan todavía el cáncamo con el que colgaban de la pared en no quiero saber qué casa desmantelada. Otro gitano, el que lleva el puesto de enfrente, se burla de su compañero: "¿Has visto? Al final se ha vendido lo mío antes que lo tuyo". Entiendo que entre los dos se organizan para dar un poco de coherencia al muestrario de mercancía que exhibe cada uno, y que por eso los marcos que entre los dos habían podido reunir estaban en el puesto de uno de ellos. No he querido pedir una bolsa, pero da inmediato toda la familia del vendedor se ha movilizado hasta encontrar una, arrugada y casi tan polvorienta como los marcos, que me alargan como si me ofrecieran... no sé, el cadáver traslúcido de una medusa. 

"¿Qué? ¿Has encontrado algo que merezca la pena?", me ha preguntado M. A. a mi llegada. Pero no me atrevo a enseñarle el botín sin llevarlo antes a la cocina y frotarlo con un trapo empapado en líquido limpiamuebles. Y no le confieso que también he estado buscando, en los puestos que exhiben vajillas y cristalerías descabaladas, una copa historiada para mi jerez del aperitivo. 

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Me impresiona la muerte por suicidio de Anthony Bourdain, el famoso chef televisivo. Los periódicos son pudorosos a la hora de dar posibles explicaciones y a lo más que llegan, en la segunda remesa noticiosa tras el primer titular, es a dar el detalle morboso de que el método utilizado fue el ahorcamiento con el cinturón de una bata de baño. Al día siguiente, en un bar, viendo una de esas panoplias de nudos marineros que son tan del gusto de la hostelería local, me acuerdo del dato. La etiqueta que acompaña el corredizo reza escuetamente: "Nudo de horca". Casi se me indigestan los caracoles.

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Hago listas de muertos. Ayer precisamente, cuando tomaba los caracoles, me acordé de cuánto le gustaban a C.V., de cuya muerte se cumplirá un año este verano, Más de una taza me tomé con ella en los bares del barrio, en esas largas veladas que empezaban con un almuerzo de compañeros de trabajo y terminaban a altas horas de la madrugada en un bar de copas. A media tarde ella invariablemente proponía que fuéramos a tomar caracoles, a modo de merienda y por poner una especie de pausa meditativa entre los licores de la sobremesa y los que habían de venir. Era como un rito: un intervalo en el que casi cesaba la enmarañada conversación y nadie atendía a otra cosa que no fuera ensartar bichitos con un palillo y ocuparse de sorber el caldo especiado que goteaba de las conchas. Resulta irónico ahora acordarse de que a esta amiga por poco la mata una afección digestiva contraída en el trópico. Aunque lo que se la llevó por delante, va a hacer ahora un año, fue un cáncer de pulmón. 

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