miércoles, junio 26, 2019

REMITE YA


25/6/18

Remite ya la floración primera de los pipirigallos. Ha durado apenas unos días, en los que las altas varas en torno de las cuales se arraciman las flores rosadas con vueltas blancas podían encontrarse prácticamente en cualquier pared de piedra y en todas las cunetas. Luego esa primera flor se seca y las que vienen a tomarles el relevo -las que ocupan, digamos, el segundo nivel de floración en la vara cuajada de capullos- no alcanzan esa pujanza, aunque acaso duren más, como si al arbusto del que parten no las necesitara ya para la función de madurar el fruto -una especie de guisante-, que es en lo que han derivado las otras, y decidiera dejarlas ahí a modo de recuerdo de la explosión de belleza a la que la planta debe su renovación. De esa primera floración corto siempre un ramo, que dura en el jarrón casi lo mismo que las varas florecidas que permanecen en la planta. Sólo que su muerte en vano es incomparablemente más hermosa: la flor rosada se abre y muestra sus vueltas blancas, antes de desprenderse elegantemente de su engarce y caer al pie del jarrón, donde todavía alcanza a exhalar su perfume final, que es el más intenso. A esas alturas, sus hermanas no cortadas por la mano del hombre se han ajado ya en la planta y la mata exuda el olor acre de la vegetación de cuneta. Pero cuando eso ocurre todo parece ya afectado por una misma inminencia de descomposición. Y es que el verano no tiene ya vuelta atrás.


***

Castigado por la caprichosa meteorología de estos últimos días, el plantío ha dado apenas cuatro cajas de patatas. Dos hombres se afanan en sacarlas de la tierra bajo el sol ya abrasador de media mañana. Lo hacen por puro placer: la huerta es para ellos una distracción, no un medio de vida. Para chincharlos un poco les pregunto si saben que el vendedor ambulante que pasa por el pueblo a primera hora vende el saco de patatas de diez kilos a siete euros. Sí, me dicen, pero no son estas patatas. Y quien así me ha respondido me muestra la que sostiene en la mano: dura, prieta como un guijarro. Las otras, me comenta, vienen reventonas, con cicatrices que muestran que han sido engordadas artificialmente. Tienen razón. Pero la verdadera razón por la que su esfuerzo merece la pena es otra. Apenas me vuelvo, uno vuelve a sus golpes de azada y el otro empuja la "mulita" o arado mecánico con el que desbroza la parcela para una nueva siembra. Llevan así desde primera hora de la mañana y aún les queda. Yo, en cambio, no sé que hacer con mi tiempo hoy. 

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